“En el nombre de Dios. Tú eres a la vez visto y no visto. Solamente a ti te quiero. Solamente es tu nombre al que llamo”.

Esta es la historia de Mohammad, un niño ciego, que tras terminar el curso escolar en un internado para personas con discapacidad visual, regresa a casa con el deseo de encontrarse con su familia. Sin embargo, se enfrentará con dos realidades completamente opuestas: por un lado, se reunirá con su abuelita y hermanas, quienes demostrarán confiar en él al no verlo como una carga. Le darán al pequeño el amor y la aceptación que tanto anhela; por otra parte, la de su papá, quien avergonzado por la condición de su hijo y por buscar la aceptación de su futura esposa, intentará deshacerse de Mohammad a toda costa.

El color del paraíso es una película escrita y dirigida por el iraní Majid Majidi, quien ha realizado varios largometrajes importantes para Irán y para el mundo. Ha logrado captar la esencia del ser humano y de su país. Este filme ganó el premio a Mejor Película en el Festival Internacional de Cine de Montreal y fijó un record taquillero para Asia. Su película Los niños del cielo fue la primera iraní en ser nominada al Óscar.

La película logra introducirnos en un relato poético que enfrenta a la compasión con la lástima, a la inocencia con el desprecio, y a la esperanza con el desaliento, para que, finalmente, el arrepentimiento los logre conciliar. Dos confrontaciones distintas hacia Dios se unen para contrastar la realidad de un niño que anhela sentir la felicidad que su deidad le promete, y la de un padre que no puede verlo. La abuela y el padre de Mohammad representan posturas y valores opuestos, ya que ella se basa en la confianza y en el amor, y él se guía solo por lo que sus ojos alcanzan a ver, no dejando que su corazón le hable a la razón.

Como en su película previa, Los niños del cielo, Majidi nos muestra una cruda realidad confrontándola con la inocencia de los niños. En ambas películas, nos señala el valor de la perseverancia: enseña a pequeños en dificultades y cómo logran afrontarlas. De igual manera, se realzan las acciones de los personajes, en los pequeños detalles que cada uno realiza para involucrarnos en la historia y poder apreciarla desde un punto de vista cercano a nosotros.

La fortaleza de este largometraje es el sonido; al ser el protagonista una persona con discapacidad visual, el director buscó hacer énfasis en la vida desde su perspectiva, dándole un enfoque especial a lo auditivo. El sonido hace que despertemos, que estemos alerta. No queda en segundo plano, se hacen notar ya sea por su rareza, su fuerza, tranquilidad o simplemente porque los protagonistas reaccionan ante el. Las aves y sus cantares son los sonidos que más se hacen presentes, y definitivamente los más simbólicos, ya que se unen a los personajes y su humor; además, ayudan a Mohammad a guiarse en el mundo en el que vive. Cada pájaro representa algo diferente; como el pájaro carpintero, que quiere construir un hogar para sentirse seguro, muy similar al caso de Mohammad. Los colores también se manejan de una manera muy acertada, porque logran reflejar la historia y el estado de ánimo de los personajes.

El nombre original de la película es Rang-e khoda, que literalmente se traduce como “el color de Dios”. Son justamente estas cuatro palabras las que resumen la escencia y la belleza de esta historia: la belleza de saber que la vida no es siempre color rosa, sino que más bien nos ofrece todo tipo de tonalidades, y que podemos encontrar algo magnífico en cada uno de ellas. Por más gris que nos parezca la escena, toda acción, lágrima o sonrisa tienen un significado. En esta película, todo guiará a una lección de amor. Esta es una historia que nos enseña a ver con los ojos del alma; a que, como Mohammad, encontremos los colores del paraíso sintiendo y escuchando.

Carolina García Garibay

carolina.garciagy@udlap.mx

Fotografía de web