Discurso de Odio

Written by | Opinión

El discurso de odio, tema polémico que ha marcado los últimos años, puede ser visto desde distintas posturas. ¿Está defendido por la libertad de expresión? ¿Es ofender parte de esta? Cuatro columnistas exploran distintas aproximaciones sobre el tema.

CUANDO LOS QUE ODIAN PIDEN RESPETO
Malinalli Vergara
malinalli.vergarapz@udlap.mx

El discurso de odio o hate speech es un tipo de discurso que tiene como finalidad agredir a un grupo de la sociedad, incitar a la confrontación violenta entre grupos o al ataque violento a un grupo marginado.

Casi siempre, el discurso de odio va dirigido de un grupo con cierto poder, hacia otro que amenaza o molesta a este primero. En la actualidad, lo podemos ver en muchísimos casos: las personas que se oponen a los migrantes sirios entrando a Europa; los “niños bien” que aseguran que “los pobres son pobres porque quieren”; las personas “blancas” que consideran que las personas de “color” son “menos desarrollados que ellos”.

Existen miles de representaciones para el discurso de odio, y cuando tú le preguntas a una persona que está propagando hate speech por qué lo hace, este se respalda con la libertad de expresión. Pero, ¿en qué momento tu hate speech puede ser considerado un derecho humano, si estás destruyendo los de otra persona?

Es un tema muy complicado, no puede ser blanco y negro y no puede ser tampoco gris, porque es algo muy delicado que, si se sale de las manos, puede tener repercusiones grandes y graves. Una persona que se escuda con el derecho de libertad de expresión para decirle a otro “no puedes entrar aquí porque eres mujer, por el color de tu piel, por la forma de tus ojos o por tu tipo de pelo” es alguien que está violentando a muchas personas: los está privando de sus derechos de supervivencia, de disfrute de la vida, de consumidor, de minoría étnica, de género, de igualdad, etcétera.

Podría seguir enumerando la cantidad de derechos que se violan, pero lo importante aquí es poder diferenciar la libertad de expresión del discurso de odio. Porque, la verdad es que no son lo mismo y nunca lo van a ser. El discurso de odio es eso: odio, en su forma más pura, una agresión, algo que hace que retroceda nuestra sociedad, mientras que la libertad de expresión es mi derecho a expresar mis ideas siempre y cuando no afecte a nadie más.

Malinalli Vergara, estudiante de la licenciatura en Relaciones Internacionales y es la Jefa de Redacción de La Catarina.

LIBERTAS INAESTIMABILIS RES EST
Rodrigo Lichtle Ventosa
rodrigo.lichtleva@udlap.mx

La libertad de expresión es considerada, por muchos, como un indicador de la salud de una democracia. Es cierto: en una verdadera democracia, todos los habitantes tienen derecho a opinar o criticar sobre el sistema, la época, la cultura y sobre todo tema. Lo que nuestro sistema político, inspirado en el de Estados Unidos, siempre ha buscado es que haya libertad de expresión (como dirían “Congress shall make no law respecting an establishment of religion, or prohibiting the free exercise thereof; or abridging the freedom of speech, or of the press; or the right of the people peaceably to assemble, and to petition the Government for a redress of grievances”).

El discurso de odio irrespetuoso e incontrolado existe, incluso, derivado del desprecio hacia otras instituciones, religiones o personas. Este tipo de mensajes no surge de un exceso de libertad, sino de la misma cultura. No se debe atentar contra la libertad de expresión, uno de los valores más significativos en las sociedades modernas.

En realidad, la libertad del discurso permite mostrar a la sociedad en su forma más cruda y verdadera. La educación, tolerancia y lo que mueve a los lectores, son lo que verdaderamente forman los medios de expresión de un país. Si un país es famoso por sus caricaturas racistas, clasistas o excluyentes; mostrarán una sociedad tradicional y retrógrada. Si la sociedad se dedica a satirizar a sus políticos, aunque sea con mucha razón, muestra una sociedad que habla y no actúa (como la nuestra). Como dicen: “cada pueblo tiene el gobierno (y los medios) que se merece”.

A mi parecer, el discurso de odio debe ser entendido y aceptado, ya que no surge de la libertad como tal, sino de una clara falta de educación y tolerancia. Lo defiendo no por el discurso, sino por lo que su existencia significa: alcanzar una verdadera libertad de expresión.

Rodrigo Lichtle, estudiante de la licenciatura en Literatura y columnista semanal en La Catarina.

LA MAGIA DE LAS PALABRAS
Raymundo Ricardez

raymundo.ricardezga@udlap.mx

“Las palabras son, en mi no tan humilde opinión, nuestra más inagotable fuente de magia, capaces de infringir daño y de remediarlo.”

-Albus Dumbledore, Harry Potter y las Reliquias

de la Muerte (2007)

La voz humana se moldea, en teoría, con respecto a las condiciones socioculturales de la época en la que suena. A la par, se fractura en cientos de sectores y en miles de formas de pensar. Su mensaje va más allá del año en el que se dice. Los ideales saltan de tiempo y de personas. Estos mensajes, que lastiman y curan, encontraron en el siglo XXI un cómodo y hermoso colchón en el cual caer: la libertad de expresión.

Se vive una batalla constante: enfrentadas las voces del odio (segregación, ataques) con las del amor (inclusión, igualdad), el réferi es la libertad de expresión. Un árbitro que, por lo general, da libre albedrío a los jugadores, para que con palabras destruyan y construyan.

¿Arma de doble filo? Claro. El abuso desmedido de esta libertad ha resultado, en ocasiones, ser letal. Desde el rechazo hacia algunos sectores –homosexuales, musulmanes, indígenas–, discriminación –recordemos el auge contra los afroamericanos–, hasta el odio y repudio – el Ku Klux Klan, los nazis–. Estos pueden alimentarse, cual enfermedad terminal, del rencor y la ignorancia de unos cuantos. El discurso deja de serlo y se transforma en acciones.

Enviciados de voz, nos damos el lujo de utilizar de manera indiscriminada su magia. Obedeciendo ideales ciegos, la voz del odio suena y destruye. Protegida, como su similar del amor, utiliza palabras para lograr su cometido.

Paradójicamente, la libertad de expresión no es un protector de garantía infalible. Entes han aplastado voces por miedo al cambio. Tan horroroso como hermoso, demuestra que nuestra voz es tan poderosa que puede crear algo de magnitudes memorables, algo que va más allá de una macana callando a un manifestante.

Mi humilde recomendación (en tono de exigencia) es que aprovechemos este poder para mejorar, no para lastimar. No hay que fallarle al protector de nuestra voz, la libertad de expresión, porque esta ha luchado por siglos para que podamos abrir la boca.

Raymundo Ricardez, estudiante de la licenciatura en Relaciones Internacionales y escribe una columna en La Catarina.

LIBERTÉ, ÉGALITÉ, FRATERNITÉ
Sofía Marlasca

sofia.marlascach@udlap.mx

En tu clase, un profesor menciona los ideales de la Revolución Francesa: libertad, igualdad y fraternidad. Dice que este es el inicio de los derechos humanos, pero te preguntas dónde termina uno y comienza el otro. Todos tenemos el derecho a la libertad, te dicen, y te preguntas si también eres libre de no tratar a todos como iguales. Si con tus palabras minimizas la igualdad de otra persona, ¿estás ejerciendo tu propio derecho o violentando el suyo?

La primera vez que lees el comunicado de una universidad en contra del matrimonio igualitario, algo se retuerce en tu estómago con enojo. Está mal. Es injusto. Lo dices en voz alta y alguien se apresura a corregirte: “es su opinión como institución religiosa y tienen derecho a expresarla. Es libertad de expresión”. Tienen razón, piensas con amargura, y te callas.

¿Cómo saber si solo se están expresando o si es discurso del odio? El discurso de odio no es solo alguien que da su opinión, no es hablar sobre lo que está bien o está mal, ni siquiera es hablar sobre lo que aborreces. El discurso del odio utiliza la libertad de expresión para invitar a los que te escuchan a odiar más a cierto grupo de personas, para humillar, para atacar a un grupo de por sí vulnerable.

La televisión transmite en vivo la imagen de cientos de personas marchando en contra de la igualdad y piensas en toda la gente que está recibiendo ese mensaje de odio. Te preguntas cómo podemos vivir en un mundo donde la gente aún marcha en contra de los derechos de otros. “Es su opinión”, te dice alguien más. “Tienen derecho a manifestarse si quieren”. Te preguntas si la misma gente que defiende ese derecho va a defender los de los oprimidos por el movimiento, pero te callas.

Te preguntas de qué sirve saber esto, si cada vez que dices que algo es discurso del odio te encuentras con la barrera del “no discrimines” o “están en su derecho”. Legalmente, te das cuenta, es verdad. Nadie sabe dónde acaba la libertad de expresión y dónde empieza la igualdad.

Suspiras. Ojalá los franceses nos hubieran dejado reglas más claras, pero estaban ocupados cortando cabezas.

Sofía Marlasca, estudiante de la licenciatura en Comunicación y Producción de Medios y Editora en Jefe de La Catarina.

Last modified: 18 Enero, 2017

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