Actualmente vivo en la ciudad de San Andrés Cholula, que cuenta con la módica cantidad de cien mil cuatrocientos treinta y nueve habitantes. También estudio en la UDLAP, que cuenta con nueve mil ochenta y un estudiantes; un gran porcentaje de estos, son parte de la comunidad LGBT+.

Entre todo este disparate de gente que viene y va, he tenido tres novios. El primero era un cliché de preparatoria, hueco, pero muy guapo, intermitente y siempre ausente. El segundo me hizo conocer cosas y personas nuevas; era más grande que yo, no mucho, pero lo suficiente; súper tatuado, pero de una manera ñoña, todo un hípster empedernido (con decirles que hasta era vegetariano, qué flojera). Con el tercero… él fue todo un caso: nos conocimos y click, había encontrado a la persona perfecta; le gustaba leer, pero no era un intenso intelectual sabelotodo, era guapo, pero no lo sabía. Los mejores. Un día, me llamó para decirme “lo siento pero tengo que irme a vivir a otra parte, podemos seguir con esto pero solo si tú lo decides así”. No quiero. Fue lo que contesté. Un simple, corto e hiriente “no quiero”. Así se acabó la relación. Esta saga que conforma mi vida amorosa, la llamo “Una serie de eventos desafortunados”.

Al pasar el tiempo, decidí rendirme con esto de las relaciones y dedicarme a mi carrera y a conseguir un “one night stand” cada fin de semana. Por supuesto, una vida mucho más fácil, sin necesidad alguna de mostrar más que atracción física por la persona, lavándome las manos de todo sentimiento. Ni siquiera es necesario ejecutar el formulario absurdo de preguntas frívolas para mostrar cierto interés vacío: “¿A que te dedicas?”, “¿Cuál es tu película favorita?”, “¿En serio? A mí también me encanta la música de los ochentas”.

Dentro del mundo colorido y rosa de los homosexuales, la vida es más fácil cuando la promiscuidad se convierte en algo rutinario. Todo se basa en un simple “sí jalo” o “no, gracias”. Llegando a un acuerdo bastante informal, pero efectivo, que dicta las reglas de manera muy estricta. No sentimientos. No arrepentimientos. No nos volvemos a ver.

Muchas personas son fieles creyentes de que las relaciones amorosas dentro de la comunidad LGBT+ son el equivalente a una película de Adam Sandler: tediosas, caóticas y casi siempre con un final pésimo. Yo creo más en los dichos de mi abuelita: “siempre hay un roto pa’ un descosido”.

La promiscuidad es algo bastante entretenido -eso sí, aplicando siempre todas las medidas de seguridad, recuerden: “sin gorrito no hay fiesta”-, pero creo que las personas LGBT+ sí somos capaces de llegar a tener una relación que involucre sentimientos de parte de amabas personas. Creo también que ver The OC acompañado es mucho más divertido. Como dice la canción de los Rolling Stones: “No siempre se puede tener lo que se quiere, pero si esperas un poquito puedes tener lo que necesitas”.

Ángel Alfonso León Velázquez

angel.leonvz@udlap.mx