La Marcha por la ¿justicia y paz?

Written by | Ceguera, Opinión

El sábado antepasado se formó una cadena humana de luto por todos los feminicidios cometidos en Puebla y el resto del país. La idea consistió en reapropiarnos del espacio donde Mara Castilla fue vista por última vez y donde, como mujeres, se nos critica por estar volviéndonos culpables de cualquier agresión que vivimos.

Muchas de las personas que pasaban se unieron. Los antros que se encontraban frente a la manifestación se solidarizaron apagando la música. Otras personas se detuvieron a recorrer y leer letrero por letrero, incluyendo un miembro de la policía de San Andrés que ofreció todo su apoyo a los que estábamos presentes. Por un momento la gente comenzó a prestar atención, empezaron a escuchar nuestro silencio. El silencio por todas las que han muerto a causa de la violencia de género.

Llegué a pensar que el descontento social que se estaba extendiendo al resto del país ayudaría a visibilizar a otras víctimas de feminicidio. Desgraciadamente, acudir a la marcha “Justicia y Paz” de la UPAEP me abrió los ojos. Estando ahí me sentí tonta por creer que las cosas serían distintas. Sobre todo, por creer que la movilización de aproximadamente 7 mil personas, en su mayoría estudiantes, podría salvarse de caer presa del discurso político que minimiza y prácticamente borra la violencia de género.

Cuando terminaron de hablar los representantes de las universidades en el Zócalo de Puebla, un grupo de personas que desentonaba en la ola de aplausos se acercó al micrófono. Al frente de este grupo, venían madres de otras víctimas de feminicidios. Cada una de ellas cargando una lona con la foto de sus niñas y conteniendo el llanto para poder compartir sus historias con los presentes. Sin embargo, el micrófono se les negó y, para colmo, los organizadores del evento decidieron callarlas con la canción Color esperanza. No creo tener las palabras suficientes para explicar lo horrible que fue presenciar cómo los representantes de las universidades se fueron y cómo la mayoría de los que estaban de blanco empezaron a alejarse mientras la canción seguía a todo volumen; las madres, por otro lado, se iban quedando solas.

En ese momento, lo único que quería era no representar a los que iban de blanco. Quería abrazarlas y quitar la ruidosa música que pusieron para callarlas.

Lo mejor que pude hacer fue acercarme a escuchar y documentar lo que estaba pasando. Se me llenaron los ojos de lágrimas al igual que a todos los que se quedaron al final. La realidad nos estaba picando los ojos. La vida de sus hijas no pareció valer lo mismo que la de los que estábamos ahí presentes. El mensaje me quedó claro. La justicia no es igual para todxs. No todas las personas merecen ser escuchadas.

No sé cómo expresar la sensación que me quedó después de esto. Solo sé que no puedo confiar en la paz que se “construye” minimizando a otrxs, ni en la justicia que solo es justa para algunxs. Me rehúso a creer en el entusiasmo que no construye y en las buenas intenciones que no dejan raíces.

 

Sara Achik López
sara.achiklz@udlap.mx
@SaraAchik

Last modified: 28 Septiembre, 2017

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