Feminismo en tiempos de verticalidad

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Desde hace mucho he querido escribir sobre feminismo, aunque para muchos suene un discurso muy trillado y que no es necesario aclarar ciertas afirmaciones, lo cierto es que estamos muy lejos de comprender la magnitud y la importancia de este movimiento. Lo primero que me inspiró a escribir este artículo fue que hace unos días asistí a una jornada cultural y un espacio de diálogo con el Consejo Indígena de Gobierno (CIG) en apoyo a la candidatura indígena de María de Jesús Patricio, Marichuy, que, entre tantas cosas, hablaban de cómo se ha aumentado esa brecha institucional, especialmente hacia los indígenas. A pesar de haber avanzado en legislaciones, siguen teniendo esa calidad del “otro”, lo que ha visibilizado su vulnerabilidad y ocultamiento de sus inteligencias, cosmovisiones y formas de comunicación.

La construcción de este sistema hegemónico y binario ha excluido de manera exagerada las diferencias, lo que ha menguado de la misma manera al movimiento feminista, en el que hasta la fecha mucha gente sigue creyendo que se trata de un movimiento excluyente en el que solo caben “ciertas” mujeres, que se sobreponen sobre cualquier género, pero sobre todo señalando a la mujer como una categoría única y homogénea dentro de la sociedad.

La interseccionalidad ha sido un término pobremente asimilado en la sociedad, que su falta de comprensión solo ha propiciado el rechazo hacia ciertos movimientos sociales que buscan su reivindicación y la falta de empatía hacia el individuo. Aunque es cierto que los primeras movilizaciones feministas han evolucionado y que no podemos comparar épocas, no hemos logrado comprender que se trata de una perspectiva horizontal, comunitaria; que no existe una mujer menos que otra y es lo que esta perspectiva busca es que más allá de competir entre nosotras se trata de compartir, esto aunado al término “sororidad”, introducido en los setentas por Marcela Lagarde, entendido como el apoyo mutuo para lograr la reivindicación de todas.

El mejor ejemplo de sororidad y de la ruptura de ese esquema binario, es el caso de las mujeres indígenas. Por ejemplo, las mujeres Aimaras y Xincas, que no asimilan la perspectiva feminista como un término único, sino como un feminismo comunitario que toma en consideración la relación cuerpo-tierra, debido a que la construcción de este sistema hegemónico no solamente ha afectado su rol dentro de la sociedad, sino su relación con el territorio a través del saqueo de sus tierras.

Actualmente existen comunidades indígenas que optan por la recomposición política de afirmación nacional, que rompen con este esquema binario y de competencia entre mujeres. Tal es el caso de la actual aspirante indígena a la presidencia de México, Marichuy y la entonces candidata guatemalteca por el partido WINAQ, de carácter indigenista, Rigoberta Menchú. Ambas rompieron con la idea de que el hecho de ser mujer, indígena y de escasos recursos era un impedimento para lograr la reivindicación, pero sobre todo que es posible ver que es son estas “diferencias” las que nos hacen ser quienes somos sin importar nuestro origen y estatus socioeconómico. Para esto cito a una de las primeras feministas que leí y que recomiendo muchísimo: “El problema del género es que prescribe como tenemos que ser, en vez de reconocer como somos realmente”Chimamanda Ngozi Adichie.

Lo que en realidad nos hace pensar si ellos necesitan apoyo para el “desarrollo” o nosotros como “sociedad”. No me queda más que esa pequeña chispa de esperanza en el que dejemos de competir con quien está a nuestro lado y comencemos a fomentar la belleza de la diversidad, por un mundo en el que quepan muchos mundos.

Ana Sofía Arango Marcos

ana.arangoms@udlap.mx

Last modified: 12 febrero, 2018

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