Inquisición 2.0

Written by | Opinión

«Los primeros tres días, me encerraron en una habitación que de mobiliario sólo tenía una taza de baño y una silla de madera. También había una Biblia. Recibí espaciadamente vasos de agua más no algún alimento. La consigna que tenía era relatar en voz alta mi historia, quién era y por qué era así. Mi debilidad era extrema, también el sueño, pero cada que mis ojos se cerraban, de unas bocinas empotradas en las cuatro esquinas del cuarto, empezaba a sonar una música a un volumen exageradamente alto. Prometieron dejarme salir de ahí si colaboraba y colaborar significaba aceptar que ser quien era estaba mal y comprometerme a cambiarlo (a cambiarme).

Por mera supervivencia, cedí. No tardé en arrepentirme pues vino lo peor, “terapia” con descargas eléctricas, cápsulas que me adormecían y me hacían vomitar y finalmente… una violación “correctiva”. Recuerdo haberme preguntado en ese momento, mientras unas manos desconocidas me desvestían, si mis padres sabían que todo esto pasaría el día que me trajeron…»

No, no estoy relatando un pasaje de la inquisición (aunque parece), más bien, estoy recuperando el testimonio de Mariana, una joven lesbiana que a sus 18 años fue víctima de un método de tortura que sucede hoy en día y al que muchas personas, sobre todo jóvenes y adolescentes, están expuestos: los Esfuerzos para Corregir la Orientación Sexual e Identidad de Género (ECOSIG), también conocidos como “terapias de conversión”.

A pesar de que desde 1990 la OMS eliminó a la homosexualidad de la lista de trastornos mentales, muchas personas con una orientación sexual diferente a la heterosexual siguen siendo tratadas como enfermas y son sometidas a tratos denigrantes. Este tipo de prácticas que históricamente vienen desde el exterminio de homosexuales por parte de los nazis, hoy son incentivadas y, más importante aún, financiadas por instituciones religiosas y organizaciones como el Frente Nacional por la Familia. ¿Por qué si se sabe perfectamente quiénes hacen de esta pesadilla una realidad nadie les sanciona? ¿Por qué pueden libremente destrozar vidas?

La “lógica” que persiguen estas prácticas que van en contra de lo establecido en numerosos tratados y convenciones del Derecho Internacional, es que a través de oraciones, culpabilizaciones y arrepentimiento (y “unos cuantos” choques eléctricos), las personas LGBT+  pueden “curarse” y “volverse” heterosexuales. Por supuesto que estas promesas no tienen respaldo científico, pero de lo que sí hay evidencia es de que la mayoría de las víctimas de estos tratamientos sufren depresión, ataques de ansiedad y muchas, muchas veces, se suicidan.

En días recientes, las redes sociales y las noticias han evidenciado el aplaudible esmero de varias Senadoras de Morena, Movimiento Ciudadano y del Partido Verde, quienes presentaron una iniciativa al Congreso para castigar a quien promueva, obligue, aplique o financie el cambio de orientación sexual e identidad de género de las personas; de ser un proyecto logrado, estaríamos hablando de una victoria para la consolidación del Estado laico y también de —literalmente— la salvación de numerosas vidas. Pero mientras este esfuerzo se abre camino, ahora mismo, en pleno siglo XXI, muchas personas están enclaustradas sufriendo descargas eléctricas, humillaciones, golpes, violaciones y hambre ¿y todo por qué? Por amar.

Afortunadamente yo tuve la suerte de no estar expuesta a estas prácticas, mis padres no cayeron en este fraude que ofrece curar lo que no es una enfermedad, ni yo recurrí a ellas; sin embargo, no puedo —aunque de verdad, de verdad quisiera poder— decir lo mismo por todos mis amigos y conocidos LGBT+. Mientras escribo estas líneas no dejo de pensar en uno de ellos, de quien un día me despedí porque por orden de su padre se iba a una “rehabilitación para hacerse hombrecito” y a quien nunca más volví a ver. Espero que estés bien, Luis. Espero que estés.

La ignorancia, el miedo y los prejuicios son las principales amenazas en nuestros días. Mientras que no reflexionemos sobre el valor de la vida y sobre la riqueza que la pluralidad y la diversidad nos regalan, estaremos destinados a autodestruirnos. ¿De qué sirven tantos avances tecnológicos si los empleamos para dañar a los otros, por ser justamente eso: los otros?

 

Daniela Hernández

daniela.hernandezsz@udlap.mx

@DanHdex

Last modified: 9 octubre, 2018

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