Sobre genitales y fronteras

Written by | Opinión

Últimamente, los mexicanos hemos confirmado de lleno las temidas sospechas: somos una sociedad que ignora y que discrimina; segregamos por todo y segregamos a todos.

En días pasados, las redes sociales y las conversaciones personales se inundaron de comentarios transfóbicos que evidenciaron la educación sexual que tenemos (o más bien, que no tenemos), la cual ha engendrado a una sociedad incapaz de diferenciar entre conceptos tan básicos como lo son el género y el sexo, pero que, pesar de su desinformación, le fascina opinar sobre identidades y genitales ajenos.

Justo en el momento en el que llegué a pensar que la avalancha de expresiones transfóbicas que nos caía encima jamás cesaría, las cosas cambiaron —aunque no precisamente para bien—, pues aquellas personas que antes se desvivieron calificando como aberrantes y monstruosas a las personas trans, sólo habían dejado de hacerlo para ahora poder enfocarse en juzgar y denostar a los hondureños que llegaron a nuestra frontera sur en su búsqueda de una vida mejor.

La ignorancia volvió a hacerse presente, pero esta vez a través del clasismo, el racismo y la xenofobia. A la gente se le olvida que más del 10% de nuestra población vive en Estados Unidos y que muchos de ellos no se fueron precisamente con documentación en mano; a la gente se le olvida que muchas personas de origen centroamericano trabajaron sin descanso a nuestro lado, recogiendo con sus hondureñas, guatemaltecas y salvadoreñas manos —esas mismas que hoy tanto repudio generan— los escombros que aprisionaban a mexicanas y mexicanos. A la gente se le olvida que la tierra es de todos, que la dignidad no es exclusiva de nadie y que los migrantes, antes que ser migrantes, son seres humanos.

La migración centroamericana hacia México y Estados Unidos no empezó ayer. Es una dinámica cotidiana cuya historicidad es más antigua que la existencia de las fronteras mismas. Sólo aquella persona que se ha mantenido ajena e indiferente al fenómeno —ignorante, pues—podría llegar a creer que lo que estamos viendo es una dinámica atípica. Por años y años, los centroamericanos han caminado hacia —y dentro de— México, y por todo ese tiempo han sido víctimas de violaciones de Derechos Humanos (DDHH) por parte de las autoridades mexicanas y del crimen organizado. De ahí que me resulte francamente absurdo escuchar a tantos mexicanos indignados porque “los migrantes tiraron el cerco migratorio, entraron de manera agresiva a nuestro territorio y la violencia no debe permitirse nunca”.

Yo me pregunto entonces, ¿por qué, si les molesta tanto la violencia, no se indignaron cuando en San Fernando, Tamaulipas, se masacró a 72 migrantes? ¿O por qué no les molesta que las niñas y mujeres migrantes traigan consigo pastillas anticonceptivas porque tienen la certeza de que en su travesía por México serán violadas no una, sino varias veces?  No lo sé, quizá es que como dice Paulo Freire: “la única violencia que nos molesta es la que viene del oprimido y poco o nada decimos acerca del completo sistema de violencia que ha erigido el opresor”.

Curiosamente, ante los ojos del mundo, México se caracteriza por darle calurosas bienvenidas a los migrantes y refugiados que, documentados o no, llegan desde los países del norte a nuestro territorio. Recién acaban aquellos de poner un pie en el aeropuerto cuando ya les estamos enseñando a decir «chingón» y ya les pusimos en la cabeza un sombrero de mariachi y en la mano un caballito de tequila. Nos tomamos fotos con ellos, los hacemos huéspedes en nuestras casas, les organizamos fiestas y les cocinamos nuestros platillos. He aquí la prueba de que la migración no nos molesta, siempre y cuando por supuesto, sea güerita, estadounidense o europea.

Seamos honestos: lo que nos incomoda es la migración de gente pobre, nos encabrona que nos personifiquen en la frontera y que así, ya de cuerpo presente, no tengamos más la posibilidad de seguir haciéndonos de la vista gorda ante el socorro que nos piden. Nos molesta que vengan los del sur porque ellos sí se nos parecen y no queremos reconocernos en ellos, en esa gente marginada, morena y cuantiosa que tiene tantas necesidades. ¡Qué lleguen los rubios y que se vayan los trigueños! ¡Qué lleguen los estadounidenses, con documentos o sin ellos, con dólares o sin dólares, pero que lleguen ellos!

A estas alturas, la Caravana Migrante ya estará adentrada en México, a pesar de la resistencia, a pesar de la xenofobia, a pesar de los prejuicios, pues nada detiene a las personas que están intentando asegurar su vida. La sociedad civil consciente, junto con las organizaciones que apoyan a los migrantes, estaremos ocupados solidarizándonos y apoyando. No les pido que ayuden ni que entiendan a los migrantes, sólo que no estorben y sobre todo, que lean, que se informen, que reflexionen, porque si hoy algo ha quedado claro, es que hemos errado el camino; de nada nos sirve acumular dinero y posesiones materiales cuando hemos perdido lo más valioso de todo: nuestra humanidad.

 

Daniela Hernández

daniela.hernandezsz@udlap.mx

@DanHdex

Last modified: 22 octubre, 2018

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