De las Despedidas

Written by | Opinión, Reflexiones

Odio las despedidas. Pero no hablo de los “nos vemos luego”, sino de aquellos adioses que involucran un final. Detesto ese sentimiento amargo que te dejan: a veces de abandono, otras, de decepción, y, muy raro, cuando es liberación. No importa su tipo, el común denominador es único: corazones rotos. Creo que el 2020 nos ha enseñado a todos lo corta que es la vida y lo fugaz que se puede apagar un alma. Quizá este año tenía que suceder para que aprendiéramos a valorar a nuestra familia, nuestros amigos, nuestras relaciones y a nosotros.

Con el apoyo incansable de mi psi, en enero logré soltar una relación tan pesada que se recargaba en otras. Cuando tuve el valor de expresar que ya no aguantaba más, sentí una liberación tan grande, que me puse feliz de tan solo decir “Adiós, ya no quiero saber nada de ti”. Y es que a veces guardamos y aguantamos muchas cosas por el miedo de dejar ir, por evitar esas amargas sensaciones que nos lastiman. Por mi parte, fue una despedida como pocas: estaba emocionado por conocer a esa chica nueva que me enseñe a bailar, dijera Carlos Sadness. Tristemente, las cosas no siempre han sido así.

¿Conoces ese sentimiento de querer mucho a alguien pero el amor deja de ser mutuo? En esa despedida nunca hay un ganador; premio doble para la tristeza. Es un final fulminante, directo al corazón. Porque sabes que donde alguna vez hubo cariño, ahora solo hay desinterés. Suelen ser despedidas largas, dolorosas y apáticas. Con su toque de dependencia emocional, te sientes abandonado. Pero solo te queda aceptar ese adiós, porque el amor no se puede construir forzándolo. Se torna adictivo y masoquista esto de desear sin ser deseado, pero ese es tema para otra reflexión.

Dicen que los verdaderos amigos se cuentan con una sola mano, que el tiempo nos enseña quién es de verdad. Lo mismo pasa con la familia, porque la sangre no es una conexión real. Pocos adioses son peores que cuando abres los ojos y ves que tus amigos o familiares no son de verdad, son convenientes. Cuando los encaras y les pones fin, estás tan frustrado, tan decepcionado, que algo muere dentro de ti. Te vuelves una persona más cerrada, insensible y, admitámoslo, odiosa. Crees que todos están en tu contra y ya nadie es digno de tu confianza. Te miras al espejo y te odias por ser tan tonto e ingenuo. Que rabia me da pensar esto.

Pero con la familia y los amigos no todo es decepción. Me odio por no haberme despedido de mis abuelas, por no haber llegado a tiempo con aquel amigo que cayó en la drogadicción y la depresión. Y es que todos deberíamos tener la oportunidad de intercambiar unas últimas palabras con nuestros seres queridos. Condolezco a todas esas personas que no pudieron despedirse en esta pandemia. ¿Cómo es posible que un maldito virus nos haga tanto daño? A ti, lector mío, te deseo que nunca pases esta situación. También, te pido que valores y disfrutes el tiempo que compartes con tus amados, porque nunca sabrás cuándo es el último.

Por último, hay un adiós que casi nadie se cuestiona. En un ejercicio muy interesante de autorreconocimiento y reflexión, el filósofo francés Roger-Pol Droit nos propone despedirnos de nosotros mismos: imagina tu propia e infalible desaparición, tu agonía, tu tumba, tu entierro, tu putrefacto cuerpo, todo. Convéncete de que ya no volverás. Ahora, mira tu epitafio escrito por aquellos que te quieren y conocen. ¿Te gusta lo que lees? ¿Estás seguro de querer ser recordado así? Esa lápida es tu despedida del mundo, de ti. Recuerda que la vida es corta y no deberías perder el tiempo en cosas que no te hagan feliz. Aspira a llenar una simple piedra con recuerdos tan bonitos y llenos de vida que, cuando te digas adiós, sea con una sonrisa.

Cada uno sufre sus despedidas a su manera. Algunos prefieren tragarse el dolor, otros sin problemas lo sueltan. No todos los finales son de Disney. La mayoría terminan como mi película de desamor favorita Blue Valentine: pensando en el lado más oscuro de las relaciones personales. Pero las despedidas son necesarias en nuestra vida. Ellas suelen ser el reflejo de un evento disruptivo que, para bien o para mal, cambian nuestro presente. Nos moldean como personas, generan rasgos distintivos de nuestro carácter. Nos liberan, nos dan una nueva oportunidad para vivir. Nos lastiman, pero nos enseñan a curar nuestro dolor. En fin, a veces solo hay que agarrar valor y decir adiós.

Carlos Gómez H.

@carlosg_ze

Reflexiones es una serie que manifiesta los pensamientos y sentimientos de un chico en sus veintitantos sobre aquello que nos mueve en esta vida. Sesgado por sus propias experiencias, los escritos tratan de empatizar y conectar con el lector, narrando vivencias o sensaciones con las cuales se sienta identificado. Lo aquí escrito no es una verdad única y absoluta, sino que es la propia existencia vista desde el corazón del autor.

Last modified: 19 octubre, 2020

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *