a propósito de Aproximaciones 2: Fictoramas, de Mercedes Fernández
La relación que esta serie de imágenes tiende hacia el espectador no es la de la historia, pero sí la de la matrioska: una súbita y juguetona cercanía, alojada en una cáscara de aparente y restregado exotismo. Entonces surgen los contrastes: fotos en soportes pictóricos, pintura china de mediados del xix involucrándose con folklore visual mexicano, tinta china sobre papel amate, molde oriental y masa de tortilla. Luego traspasamos la primera capa y aparecen las simetrías: el predominio de lo urbano, la imagen como traducción de la grafía oriental, una similitud curiosa entre los ideogramas chinos y quizá uno que otro poema del abecé mexicano. La muñeca se llama Sincretismo y nos habla de su génesis: un proceso meticuloso de palabras ordenadas en el espacio, su eslabón en esa cadena que expone una definición internacional y unívoca del arte, y el arte como comodín que busca la cercanía con el espectador. El proyecto se llama Fictoramas porque desde el mero inicio expone su naturaleza: ficción y caligrafía, letras e ideogramas. Son monotipos porque sólo se ve una vez a la mujer con el niño en la espalda, o la máscara del bazar del pueblo mágico. La apropiación de una imagen social acompañada de su definición. La apropiación de un abecedario occidental sometido a un proceso de codificación. La apropiación de una grafía oriental sometida a un proceso de mexicanización. El espectador invitado a contemplar un caleidoscopio de similitudes. A recordar cuando perdió el camión a Coyoacán en la mañana y el avión a Shanghái en la tarde.
[wzslider autoplay=»true» transition=»‘slide'» info=»false» lightbox=»true»]Eric Ibarra