El día de la celebración de independencia tuvimos a bien unos connacionales y yo pasarla en un centro de reunión. Para mi sorpresa la cantidad de mexicanos reunidos ese día era desbordante: el cadenero, barman, el intendente y por supuesto el maremágnum de ávidos compatriotas. Como era de esperarse, al momento de dar el grito, todo mundo guardó silencio, entonó el Himno Nacional y se fusionó en un lazo de nostalgia por la tierra del águila sobre el nopal.
Se apagaron las televisiones.
No pasó ni un minuto para que un mesero chocara con un experto bailarín. –“I’m sorry, sir”– ¿¡Qué!? ¿No acabas de escucharlo hablar en español y pedir que lo regresen a México si en tierras foráneas muriera? – “No problem”. ¿Y tú? ¿No que muy patriota y orgulloso descendiente directo de aztecas? ¿Cuánto duró el teatrito? Menos que la bandera en el asta antes de que cayera en la ceremonia del día siguiente.
Toda esta anécdota me hizo recordar una clase en la que discutíamos si la única esperanza para que México cambie está en los migrantes que vuelven. Pero después de esto me pregunto: si ni entre nosotros pueden reconocerse como mexicanos, ¿por qué habrían de volver? ¿Perdieron su legitimidad como mexicanos al momento de cruzar la frontera? Además, usualmente cuando escuchamos la palabra migrante pensamos exclusivamente en los ilegales, en los dreamers. ¿Y los cerebros fugados? ¿No tendrían ellos también la obligación moral de volver y tratar de hacer un cambio?
Tal vez eso es lo que más me ha sorprendido de los Estados Unidos. Podrá ser un país que esté fracturado ideológicamente en temas como educación, salud, derechos civiles y demás, pero ante todo una sola nación: “Out of many, one.”
Miguel Agúndez R.
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