De taquito, y nunca mejor la alegoría. Nunca una mejor ostentación del patriotismo. Así entregó al fútbol profesional su último balón: de taquito.
Hay héroes terrenales que hacen patria con los pies y no reciben nada a cambio. Aquellos que emergen destinados a representar mejor que nadie nuestra idiosincrasia. Esos que salen rotos en camilla por su terca obsesión de darlo todo por los suyos y que vuelven seis meses después, aún más convencidos.
Se retira un ídolo que nació para serlo con una sonrisa que solo exhibe el niño que finalmente ha logrado su tarea. Entre lágrimas contenidas de emociones contrapuestas, colgado de un trofeo que lo despide en atención a todo lo dio dentro del césped; se despidió -a pesar de un estadio que minutos antes se resistía a decirle adiós- en la oscuridad. Quizá una metáfora, quizá solo un tributo.
El ídolo se encamina a un destino completamente opuesto, a servir funciones para las que muy seguramente no nació pero se propone. Y en el ocaso del emperador de un pueblo siempre tan necesitado de su identidad y de sus goles, se vislumbra muy lejana otra figura de su misma trascendencia en la memoria del aficionado.
Adiós al Blanco de las canchas. Bienvenido al de las masas.
ANA ISABEL S.