A casi treinta años de la catástrofe

El hecho de que México, especialmente la zona central, se encuentre ubicado en el denominado “Cinturón de fuego” una franja terrestre con tendencia a actividad sísmica y volcánica, ha convertido a muchos mexicanos en “inmunes” al pánico de enfrentarse a un sismo.

La mañana del 19 de septiembre de 1985, Manuel Carlos de Alba recuerda haberse encontrado en la regadera cuando notó el movimiento. Decidió que su prioridad era terminar de arreglarse antes de dejar el edificio.  Afuera, sin embargo, signos de tensión tras el incidente comenzaron a hacerse claros: “Todos mis vecinos estaban afuera en la calle. Me dijeron que se habían preocupado de que no saliera, creían que me había pasado algo.” Manuel lo atribuyó a las tendencias nerviosas de las vecinas de su edificio y siguió tranquilamente con su ocupado día.

En realidad, el terremoto de 1985 fue el más mortífero y desastroso que el país ha experimentado en su historia.

“Después nos dimos cuenta de que algo andaba mal. Escuchábamos pasar ambulancia tras ambulancia.” Más tarde, por supuesto, comenzaron los reportes de noticias. “Salimos de inmediato para ir a ayudar,” señala, pero para entonces el estado del tráfico en la ciudad no les permitió llegar muy lejos.

A pesar de la catástrofe, los siguientes días los recuerda, si bien no con optimismo, sí con un tono esperanzado. “Fue impresionante ver cómo la gente se unió para ayudar. Se creó un sentido de solidaridad increíble entre los habitantes de la ciudad. Mientras el gobierno estaba paralizado por lo que pasó, la población fue la que se organizó para ayudarse entre sí.” Eso fue, en su opinión, el mayor resultado del incidente, no el dolor de la tragedia, sino la unión y humanidad del pueblo mexicano.

 

“LA GENTE AYUDABA EN LO QUE PODÍA JUNTANDO DINERO, DESPENSAS… LO QUE FUERA PARA AYUDAR.”

“LO QUE MÁS RECUERDO ES ESO: CÓMO NOS DIMOS CUENTA DE QUE LOS MEXICANOS JUNTOS PODEMOS ORGANIZARNOS Y AYUDARNOS.”

 

Sofía Marlasca C.

sofia.marlascach@udlap.mx