La masacre de la muerte roja
«La enfermedad viene de lejos, viene sombríamente subiendo a nuestro cuerpo como a un monte, con un espeso viento, con un duro pasto seco. Viene subiendo a nuestro viejo cuerpo como a una casa en ruinas de noche, con el miedo.” (Sabines, Jaime)
La finitud corpórea se nos presenta como una visión lejana. Hace presencia cual promesa de aquellas a las que miramos de reojo; a las que despectivamente observamos con soberbia, certeros de que habrá de llegarle a todos los que nos rodean menos a los seres amados y a nosotros mismos.
De un momento a otro, despertamos en cuartos obscuros rodeados de la nada. Henos muertos.
El príncipe Próspero es el soberano de una tierra inmiscuida en la tristeza y la lúgubre realidad de un pueblo azotado por una terrible enfermedad mortal. El color rojizo de la piel roída de quien la padece, es característica primordial de la “Muerte Roja”. Haciendo práctico uso de todo su poder e influencia, Próspero reunirá a los caballeros y damas más destacados para refugiarse de la pandemia y vivir con bonanza dentro de una fortaleza.
Allan Poe utiliza galantemente toda su aptitud descriptiva para transformarnos en un invitado del majestuoso castillo. Pero también, habremos de temblar ante el eco angustioso de un reloj de ébano y el péndulo que anuncia la llegada que nada –ni el poder, ni las murallas– puede detener a la encapuchada escarlata.
MARCO ÁRCEGA C
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