
Hay tantas maneras de romper un corazón que dudo mucho que hayan logrado llegar a la universidad con el suyo intacto. Platón expuso que todos los seres humanos tenemos un objetivo común: “encontrar a nuestra media naranja”, ese otro que nos “falta”, una persona que nos complete. A partir de ahí el mundo se las ingenió para alimentarnos el chistesito y el amor, se convirtió, de pronto, en la mejor y más grande estrategia de mercado del mundo: nos lo venden en los cines, en los libros, en la música, en la televisión, en internet y hasta en la comida, en todos los tamaños y en cualquier cantidad de versiones. Y como era de esperarse, nosotros lo consumimos.
Crecemos con la idea de que estamos incompletos, que somos la mitad de otro, que otro es nuestra mitad perdida, nos damos a la tarea de encontrar al amor como si de un producto se tratara, de venta en el Oxxo y en descuento los fines de semana, todo para alcanzar lo que Cenicienta nos prometió: vivir felices por siempre. Idealizamos al amor a tal grado que olvidamos por completo que como en todo, también tiene dos caras: los corazones rotos, las desilusiones, las despedidas, las traiciones, los engaños. Y los mensajes apocalípticos como: “tenemos que hablar”, “no eres tú, soy yo”, “mereces algo mejor” y “perdóname pero sigo enamorado de mi ex”. También forman parte de él, la parte que nunca nadie quiere ver y llegamos a nuestra siguiente conclusión: ¡Disney nos mintió!
Hay muchas teorías que tratan de explicar el amor y el desamor, sus causas, consecuencias y hasta las reacciones químicas que produce, en todo caso no serviría de nada que yo se las planteara porque entonces caería en el error de hacer del amor un producto y no una experiencia.
El desamor es un camino de paso obligatorio para todos y es ahí donde aprendemos que no se encuentra sino que se construye, que a veces los finales son necesarios aunque no necesariamente “felices”, que no le pertenecemos a alguien y tampoco nadie a nosotros, y quizá lo más importante que aprendemos es que nacimos completos… y no a la mitad.
MARÍA FERNANDA SORIA C.