GRITOS Y PITOS: PROTESTA SIN CAPITAL SOCIAL

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Sale a la luz pública, en desplegados de ocho columnas, el caso de los 43 normalistas aún desaparecidos.
De ello, el brote inminente de protesta y desconformidad social, late fuerte y arraigado a una misma idea: “¡No más corrupción! ¡No más vínculos de opacidad entre crimen y gobierno! ¡No más tragedias a causa de la incapacidad de nuestros servidores públicos!”. A ello le agregan el estandarte causal de las manifestaciones: “Que se esclarezca la turbia situación y que aparezcan, con vida, los jóvenes ausentes”.
Podrían ser cinco los muchachos y el meollo sería el mismo. El número de víctimas no corrompe el panorama que deja entrever un Estado sin respuesta ni funcionamiento. Con un caso individual pero no ajeno a la circunstancia actual, la grosera situación de inseguridad y violencia, la palpable colusión total de un sistema político incompetente, aliado muchas veces a los que debieran ser sus enemigos intrínsecos, y la ligereza corrosiva del accionar de las autoridades –de tapa-hoyos y cura-concuritas–, seguirían siendo notorias.
Todo un accionar comunitario se deriva de los hechos ocurridos en Iguala –y con razón-. Los miles de muertos por ejecución, secuestro, vínculo con el crimen organizado o vil inseguridad parecen no alterar demasiado al mexicano que hoy alza la voz para exigir cuentas respecto a los escolares que siguen sin aparecer. Las decenas de presos políticos o las infinitas fosas repletas de cadáveres que infieren atropellos criminales, presentes en gran medida por el débil sistema de justicia, carente de resoluciones y capacidad, no son suficientes para refutar.
La pasividad civil nacional recorre las calles casi a diario. México no parece ser sinónimo de activismo. Los resultados de la Encuesta Mundial de Valores arrojan que los niveles de capital social son menores en países latinoamericanos –principalmente Argentina, Chile, Perú y México-. Según el estudio del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), el 41% de los mexicanos no participa en ninguna organización no gubernamental. El paisano promedio grita y exige pero no incorpora a su modus vivendi, la incursión social.
Levantar la mano y rezongar es sólo una decisión temporal. Marchar y protestar funciona a nivel contextual y específico pero no ataca la totalidad del asunto. Movilizarse es, aparentemente, igual de singular que el caso en concreto de los 43 normalistas sin rastro: ¿Qué pasa con las demás atrocidades? La participación a través de un capital social, maduro y oportuno, entretejido, sistemático y eficaz, podría ser la cura de muchos atropellos políticos derivados, en parte, de un insipiente activismo mexicano que, de vez en cuando, se incorpora a la vida política del país.

 

WILLY BUDIB H.

guillermo.budibhe@udlap.mx