Una luna funeraria

Las historias detrás del tour de leyendas

 

El sol está a punto de morir y se vuelve color sangre. En cuanto oscurece, desde los laboratorios de Ciencias hasta la Hacienda apagan sus lámparas. La Universidad se vuelve completamente distinta. Parecería que de ser una casa de estudios verde y brillante se ha convertido en un pueblo fantasma en donde sólo el viento tiene nombre: el tour de leyendas está a punto de empezar.

El Jardín de la pareja es irreconocible, la estatua tapa la luna, que siempre ha sido la testigo de las muertes inusuales dentro de la Universidad. Éste es el punto de inicio desde las siete de la noche. En la carpa que sirve como estación base venden hojaldras y chocolate caliente para los que esperan a que los guías del tour hagan su aparición. El calor de la comida hace olvidar, por un instante, el frío que quema el rostro y las manos. La luz del módulo contrasta con la completa negrura que se arrastra hasta Planta Física.

Me acerco a los organizadores para olvidarme de la música macabra que enmarca el recinto. Los que reciben los boletos y los intercambian por pulseras ya están maquillados como esqueletos. Sus sonrisas los hacen ver como niños a punto de pedir “calaverita”. La plática hace que olvide la oscuridad que nos rodea y que la temperatura sigue bajando.

Hablamos sobre historia. El primer tour se hizo hace cinco años gracias a la iniciativa de una estudiante de Antropología que organizó una fogatada en donde los “polis”, aquéllos que conocen mejor que nadie la Universidad de noche, contaron los episodios más tenebrosos que habían vivido. Las leyendas universitarias fueron muchas y el miedo caló a los asistentes. La estudiante, a partir de ese momento, decidió organizar un recorrido por la Universidad contando las narraciones que nadie puede explicar, pero que todos murmuran. Desde entonces, cada año alrededor de dos mil personas toman el tour de leyendas.

“No señorita, debería ver los sustos que nos hemos llevado. De verdad, de verdad, todas las leyendas del tour están basadas en cosas que sí han pasado” me asegura un poli, muy serio. Explica cómo en donde “peor se siente” es en la Biblioteca: “a un compañero le tiraron dos libreros al mismo tiempo. Yo estaba afuera y oí sus gritos. Me espanté muchísimo”.  Mientras relata sus experiencias, llaman a los del tour de las ocho de la noche. Mi turno.

Salir de la carpa es regresar al viento helado, a cierta sensación de inseguridad, como si el chocolate caliente fuera un brebaje que aleja a los espíritus. Los organizadores forman al grupo para contarnos y corroborar que tengamos las pulseras autorizadas. A lo lejos se oyen los gritos y chiflidos de quienes ambientan la Universidad. Por unas horas, la Hacienda volverá a tener campesinos y arrieros. Y es que los guías del tour se hacen pasar por habitantes del siglo XVIII que les muestran a los alumnos los sucesos más horrendos de la Universidad: desde apariciones fantasmales hasta verdaderas muertes.

Las guías entran chiflando y haciendo aspavientos. Su actitud alegre contrasta con opacidad de las paredes del campus. Algunas cicatrices en la cara, piel blanca, ojos amoratados, trenzas y reboso: el disfraz perfecto de un muerto vuelto a la vida que está a punto de volver a sentir felicidad. Una reverencia, una sonrisa, y pasamos a las presentaciones: María del Orto y Lucha Santos Aurrerá nos llevarán por las bases tenebrosas que han preparados para nosotros. El último contacto con la realidad universitaria es una advertencia: los fantasmas son compañeros suyos, no sean agresivos con ellos. Entramos a una de las salas del colegio Cain-Murray en la oscuridad total, sólo hay una pantalla que refleja luz y sillas para 30 personas que intentan acomodarse a empujones, “yo en la orilla, no, me vaya a salir algo”, “no quiero quedarme solita, ven aquí”. Al final estamos todos sentados enfrente de la pantalla que empieza a proyectar.

El tour de leyendas de este año lleva por nombre “Prólogo” y las escenas que aparecen en el video resultan inquietantes porque ninguna parece tener un final preciso. Son un collage de principios. Una reja abriéndose, una mujer de blanco volteando, una persona con cámara al hombro corriendo. Nada demasiado espeluznante, más bien, inquietante.

Salimos de la sala del colegio por la puerta trasera, avanzamos en fila por el pasto húmedo, y a cada paso, el olor a tierra húmeda combinado con el frío intenso hace que aspiremos con fuerza y nos juntemos más, pegados unos contra otros. Siento la presencia de alguien que nos sigue muy de cerca, no sólo yo, sino el grupo entero voltea la cabeza de lado a lado, como si fuéramos la presa indefensa de algún depredador nocturno, que en cualquier momento puede abalanzarse desde el árbol más cercano. Somos una manada de humanos indefensos que camina hacia los misterios de la noche de una ciudad en la que murieron cholultecas y españoles asesinados hace cientos de años

La primera base del tour está pasando la biblioteca. Los árboles, sin iluminar, parecen diez veces más grandes y el viento provoca que se ciernan sobre nosotros. La zona está marcada con cinta amarilla de “precaución”. Rodeamos la banda para ver a un hombre en cuclillas junto a lo que parece un cuerpo sin vida vestido de blanco, velas y una tele apagada detrás de la escena. De pronto se escucha el llanto del espectro, que se levanta mientras toma un quinqué. Se acerca para preguntarnos quiénes somos. Reímos, porque a pesar de que el ambiente de la escena del crimen es espeluznante, sabemos que detrás de la pintura hay sólo un estudiante tratando de asustarnos. El fantasma nos invita a pasar la cinta y formamos una media luna alrededor del cuerpo. La historia es ya conocida. Un profesor de la Universidad asesinó a su esposa en la zona residencial y dejó el cuerpo en la casa.  Mientras cuenta con voz quebrada y a gritos, seguimos volteando. Alguien se acerca. El profesor asesino aparece detrás de un árbol,  rápidamente y en silencio lo dejamos pasar. En ese instante, siento que algo me toma del tobillo, ahogo un grito y veo una mujer de negro arrastrándose, me desplazo hacia atrás y mientras las guías gritan que huyamos, corremos hacia un lugar seguro. Dejamos el asesinato atrás.

Caminamos en fila india, nos reímos y rotamos inconscientemente para que nadie quede al principio o al final del grupo. Todos nos peleamos por ir en medio. Una chica alta trata de ir siempre junto a Lucha Santos, ya hasta la trata de “comadre”, su voz irrumpe el silencio de los muertos y nadie se ríe de los chistes que intenta hacer. Vamos con los brazos cruzados, con las narices heladas y respirando profundamente, como si quisiéramos guardar el miedo atrás de la garganta. Algo nos sigue, pero nadie sabe qué es, por más que volteamos nadie ve qué hay.

Después de caminar a través de los juncos de Tecnologías de la Información llegamos a los laboratorios de química. Hasta de día hay una cruz afuera, porque ahí murió una chica. No sólo se trata de entrar al recinto, sino de bajar las escaleras hacia el sótano. Huele a encerrado; no hay ni una luz: la pesadilla perfecta de un claustrofóbico. Sólo las guías traen dos pequeñas linternas que alumbran el largo pasillo, los demás sólo nos guiamos por el tacto del grupo. Entre la oscuridad, uno podría estar tocando a un no-vivo sin saberlo. Pero todos los cuerpos son cálidos y su respiración es audible, no pueden ser muertos. Al final del pasillo nos acomodan a los dos lados del camino y oímos una voz ronca de mujer que cuenta la historia de cómo se quedó encerrada en el laboratorio mientras algo invisible hizo que los químicos chocaran entre sí. Ella murió quemada. Cuenta esta historia prendiendo una pequeña linterna en las partes más dramáticas y acercándose al rostro de algunos asistentes. Mi psique me obliga a buscar si, detrás de mí, en la ventana, no habrá algún ser fantasmal espiando. La narradora, sigilosa y sin que yo la vea,  se pega a unos milímetros de mí y prende su luz. Una sonrisa psicópata cruza su rostro, las quemaduras son tan reales como sus ojos fijos en mí: ¿está de verdad viva? En ese instante se comienzan a escuchar las botellas que golpean entre sí y vemos cómo se arrastran cuerpos por el pastillo. Sin luz, todo es surreal, sacado del peor sueño que alguien podría tener. Corremos para olvidarnos de los muertos. Mañana será el mismo laboratorio inofensivo, hoy, es un cementerio sin lápidas.

Las guías son las únicas que nos sacan una sonrisa, que rápidamente desaparece cuando la chica alta del grupo empieza a arruinar los chistes. Nadie necesita un gracioso más en el panteón. Las siguientes bases se convierten en un martirio de gritos que sólo puede aliviar la confianza espontánea que surge en el grupo de 30 personas. Los pasillos del helado edificio de Humanidades son el escenario perfecto para que de reojo se avisten sombras y se oigan crujidos inexplicables. De pronto, todos se abrazan y se rozan, se toman de las manos en cada base y se crea una relación efímera que sirve para sobrevivir a la constante: algo nos sigue, y no sabemos qué es. Los espectros conocen al ser que nos roba los gritos, pero prefieren no decir qué pasará. Esperan en su base al siguiente grupo, para contar su trágica leyenda. Que todos sepan cómo pasaron a peor vida.

Las últimas bases son en los jardines del campus. A lo lejos se oye la música de la 14 Oriente, pero los árboles no la dejan pasar. Ellos protegen la Hacienda, que se transformó en la casa de unos cuantos asesinos. El aroma a frío cala la nariz, no huele a muerto, pero pareciera que se respirara un aire fantasmal que le hurta a uno la valentía. La última estación es en el jardín de la meditación. Nos rodea una pared de plantas, de las que podría salir cualquier criatura. El último en contar su historia vendió su alma al demonio hace un par de siglos. Lucifer es quien se pasea por los enormes árboles que tocan el cielo. Eso explica el frío, eso también explica por qué el campus da tanto miedo en la noche. Salimos corriendo después de que más espectros se abalanzaran contra el grupo. Llegamos a la luz: todo parece haber terminado.

Las guías se despiden y revelan sus nombres reales. Salir a un estacionamiento devuelve a la realidad. Estamos en la Universidad, que tiene lámparas, en donde hay vivos que dan y toman clases. Respiramos aliviados, nuestros ritmos cardiacos se estabilizan. Cada quién toma su rumbo, porque la relación que los espectros provocaron se desvanece: ya podemos andar solos de nuevo. Al menos hasta la noche siguiente, cuando nos enfrentemos al recuerdo de las leyendas. Pensando en esto, giro la cabeza hacia los árboles. Hay una niña parada, está muerta, ¿es una estudiante? ¿es la que pide galletas? No lo sé. Pero la luna funeraria se refleja en sus ojos, que no parecen tener vida.

 

Jennifer Mc Namara G.

jennifer.mcnamarags@udlap.mx

 

Fotografías de Ana Paula Vega

[wppa type=»slideonlyf» album=»15″]Any comment[/wppa]