Daddyvoso: Retrato de Ingenuidades Cercanas

“Vivir de esta forma, con estas facilidades, tiene su responsabilidad”. Eso le decía su papá, y Eugenio, un joven nacido en cuna de oro, siempre respondía con un valemadrista pero respetuoso “Sí, yo lo sé”. Ambos, responsabilidad y respeto, son valores básicos. El respeto de Eugenio era emitir su cantaleta sin que pareciera cantaleta. Por responsabilidad, el padre se refería a ver más allá de su cómoda habitación, con tapanco, televisión plasma y cama queen, para poder hacer algo desde su lujosa trinchera. “No eres más que ellos sólo porque tú seas mi hijo”, le advertía el brillante hombre de negocios.

Cuando de salir de noche se trataba, Eugenio no escatimaba en gastos y pagaba botellas de miles de pesos. Eugenio pensaba que, si el dinero era de su padre, no había problema en despilfarrarlo en lugares que el heredero al trono disfrutaba: un antro, un restaurante, unos zapatos costosos, unos lentes de sol para el verano. Así era. Se sentía merecedor y replicaba: “Yo no le debo nada a nadie”.

Pasaron un par de años y Eugenio llegó a entenderlo. Necesitó varios recorridos por el centro, una que otra petición de limosna, ver al hijo de Felipa, su doméstica, chutarse seis horas los sábados encerrado en el cuarto de servicio mientras su mamá terminaba de tenderlas camas, oír a su papá platicar con Rómulo, el chofer de la familia, quien le pedía dos días libres para llevar a su mujer al ISSSTE, pues no había dejado de vomitar todo el fin de semana; observar cómo la señorita de intendencia de su universidad lloraba mientras trapeaba los baños de la institución sin saber por qué, para cambiar su ya acostumbrado “Sí, yo lo sé” por otro “Sí, yo lo sé” con mas vitalidad y confianza.

Y entonces se puso a hacer ingenuas pequeñeces que para él eran enormes cambios sistemáticos y sociales. En los recorridos por el centro, cuando su profesor de Historia Económica y Social le hacía visitar museos, se paraba cinco minutos y contemplaba respetuoso la armónica de un par de señores que la tocaban bien, daba diez pesos a las señoras de la calle, con pierna flaca y rebozo, que le pedían un dinerito para sobrevivir. Al hijo de Felipa le compraba un baguette y unas papas para que su espera de los sábados no le fuera tan eterna. A Rómulo lo contactó con el padre de Esteban, su mejor amigo, médico con cargo importante en la Secretaría de Salud, que podía ayudarle con el problema de su esposa. A la señorita de intendencia no tuvo más imaginación que regalarle un DVD de su película favorita, Forrest Gump.

“Es padre sentirme útil”, compartía con sus compañeros del colegio que no entendían su “dadivoso” comportamiento. Miguel, hijo de un político de cepa, le replicaba: “Mi papá dice que si eres buena onda con ellos, luego te agarran confianza y es peor”. Eugenio escuchaba pero hacía caso omiso: “Es padre sentirme útil”, prefería decírselo a sí mismo. Al tiempo, apadrinó un niño en uno de esos programas de ayuda que evaden impuestos y construyen grandes centros hospitalarios y escolares. Al tiempo, repartía juguetes en su BMW cada mes de diciembre. Al tiempo, donó una cuarta parte de su guardarropa en beneficio de niños huérfanos.

Era otro pero era el mismo. Ayudaba pero seguía derrochando. Se sentía cambiado pero su ambiente diario permanecía intacto: su coche, su televisión plasma, sus zapatos de marca, sus botellas carísimas los fines de semana. “Tengo la intención y eso es lo importante”, afirmaba. El papá de Eugenio lo presumía en sus juntas de negocios: “Bendito sea Dios que me ha salido un hijo así. Es bueno y humano. Por fin entendió eso que siempre le inculqué”, compartía con personas de saco y bombín. Eugenio era feliz y también su padre.

Y…¿qué pasó? Que pasó la vida y Eugenio nunca supo que la esposa de aquél chofer había fallecido. Que la verdadera razón por la que Felipa renunció tres años después fue porque su hijo ya no podía quedarse más tiempo abandonado y necesitaba, según la maestra del colegio, más presencia materna en casa. Que los pesos de limosna que alguna vez dio sólo sirvieron para fomentar el vicio etílico de dos jóvenes huérfanos. Nunca supo, tampoco, que la señorita de intendencia sólo vio veinte minutos de Forrest Gump porque no le entendió y prefirió distraerse con su telenovela. Que los juguetes que repartió a los niños en vísperas navideñas fueron vendidos por sus padres para tener con qué comer.

Eugenio fue papá a los 33 años. Tuvo, junto con Jimena, su esposa, un niño al cual llamaron Diego. Diego recibió la misma educación que Eugenio había tenido. Pero Diego, a diferencia de Eugenio, siempre quiso usar el autobús para llegar a la universidad. Diego decía: “Es mejor ir en camión porque ahí te das cuenta de la realidad del mundo”. Y Eugenio, encaprichado con darle algún día un BMW como aquél que le habían regalado tres décadas atrás, no tuvo más que cooptar su propia ilusión automovilística.

Quizá Diego pueda contarnos otra historia. Ojalá yo pueda escribirla algún día.

 

 

Willy Budib
guillermo.budibhe@udlap.mx