Déjenme empezar este texto por decir que no odio a los hombres. Suena absurdo que tenga que empezar una columna que pretende abordar el feminismo con esta premisa, pero en realidad hay tantos prejuicios que vienen con la palabra “feminismo” que pareciera que tuviera que hablar de esto primero. Tengo un círculo cercano de amigas feministas y puedo confirmar que: 1. existimos, 2. no tenemos algún trauma de la infancia, 3. no, tampoco somos gritonas agresivas… y cualquiera de las variantes negativas del estereotipo que le quieran agregar. En realidad, ser feminista no es otra cosa que pensar que las mujeres deben tener los mismos derechos y privilegios que los hombres.
Es fácil pensar que ya alcanzamos un punto en nuestra sociedad donde el feminismo se ha vuelto obsoleto: ciertamente la mujer goza de muchas más libertades ahora que hace un siglo. Sin embargo, hay muchas razones por las cuales necesitamos este movimiento (y no, no es para gozar de privilegios basados en la tradición, como delegar todas las responsabilidades económicas al marido, o que nos abran la puerta del coche).
La principal razón, es que todavía vivimos en una sociedad machista: mira a tu alrededor. Si eres mujer, seguramente lo sabes, pero si no, pregúntale a tu amiga, a tu hermana: ¿Cuándo fue la última vez que te acosaron en la calle? ¿Cuántas veces te has sentido insegura entre hombres desconocidos? ¿Cuántas veces te han juzgado por decisiones que siendo hombre no te juzgarían?
Hay muchas personas dispuestas a descreditar el feminismo por que supuestamente busca que las mujeres sean “el sexo superior” o algo por el estilo, pero creo que más bien lo que sucede es que la propia palabra “feminismo” los confunde y los hace pensar en otros “-ismos” (racismo, clasismo, ableismo, etc), además de que es cierto que existen grupos radicales feministas (que el feminismo al que me refiero no aprueba).
En realidad el movimiento feminista es el mismo que ha logrado que las mujeres tengan las libertades que ahora damos por sentadas (el derecho al voto, a poseer bienes y demás), y no es posible llamarnos pro equidad de género sin llamarnos feministas. Finalmente, quiero dejar en claro que el feminismo beneficia tanto a hombres como a mujeres (pretende, por ejemplo, borrar roles de género, permitiendo a los hombres más libertad), entonces no hay excusa: dejemos estigmas atrás, eduquémonos y empecemos una conversación sobre la equidad de género.
Rebeca Ruiz
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