LA VIRGINIDAD SOBREVALUADA

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Una mujer no es mujer por ser virgen, ni deja de serlo al perderla”.

Dicen que ser mujer no es fácil y aunque yo debería saberlo, en lo personal nunca he sentido que mi status de género sea una lucha constante contra un “mundo dominado por hombres”. Les confieso que he llegado a temerle a más mujeres que a ellos. Sin embargo, que ignore lo que se siente ser acosada, maltratada, subpagada etc., no significa que dé por sentado que esas situaciones no existen, existen e importan.

Los prejuicios contra nosotras y entre nosotras no son acto exclusivo de los hombres. Creo que he escuchado la palabra “puta” en más bocas femeninas que al contrario y cuando lo hago me dan ganas de decirle “seguro tu abuelita tuvo 15 hijos por obra y gracia del espíritu santo”. Luego me pongo a pensar ¿cuándo es que se cruza la línea entre tener una vida sexual y ser una “puta”?, ¿existe una cuota? , ¿en verdad es tan importante casarse de blanco? Y en cualquier caso, al resto del mundo ¿qué carajos le importa?

A veces impresiona que en el Siglo XXI la virginidad continúe cotizando tan alto en el mercado. Una mujer no es mujer por ser virgen, ni deja de serlo al perderla. La vida sexual femenina es un tabú que me molesta porque tanto ellos como nosotras hacemos todo lo que está a nuestro alcance para que así permanezca.

Distintas culturas le han dado un valor a la virginidad de la mujer como si ésta realmente importara. En Oriente la consideran un rasgo digno de elogiar y me da risa pensar en alguien diciéndome “¡oh pero que bonita virginidad tienes!”. En algunas tribus de áfrica, perder la virginidad antes del matrimonio podría significar el repudio de la sociedad y en la cultura islámica la muerte. Sin irnos tan lejos, en Occidente se le estigmatiza y tan absurdo suena que me feliciten por ser virgen como que me juzguen porque no lo soy.

Hoy felicito a todas: vírgenes o no, empresarias, madres, a las mujeres que deciden porque pueden, que no se quedan calladas, a las cristianas, musulmanas, budistas, ateas, judias, negras, asiaticas y blancas, a mis amigas, a las “santas” y a las “putas”, a todas por igual.

Seamos congruentes en esta lucha, dejemos de juzgar. Al final, vírgenes o no todas caminaremos de blanco al altar.

FERNANDA SORIA C.

maria.soriacs@udlap.mx