La semana pasada, la Academia galardonaba a Alejandro González Iñárritu y a Emmanuel Lubezki con un total de cuatro Oscars por su trabajo en la película Birdman Or (The Unexpected Virtue Of Ignorance). Para cualquier persona es un gran logro en su carrera, pero en esta ocasión su peso se vio amplificado debido a la nacionalidad de ambos creadores: mexicanos.
La nacionalidad de Iñárritu y Lubezki se vio aludida en varias ocasiones, tanto por Sean Penn al anunciar el premio final y preguntar, en tono de broma, “¿Quién le dio [a Iñárritu] su Green Card?” y en el discurso de aceptación del director, que aprovechó para hacer hincapié en las situaciones políticas y sociales del país y de los mexicanos viviendo en Estados Unidos.
Por supuesto, en cuestión de minutos, las redes sociales estaban llenas de las diversas reacciones de los mexicanos que habían visto el evento.
Los primeros en manifestarse fueron aquellos quienes gritaron con orgullo ante el éxito de su compatriota. Aquellos que declararon VIVA MEXICO cómo si hubiésemos conquistado al mundo, como si ellos mismos fueran los ganadores del Oscar y propusieron que todos corriéramos a celebrar al “Ángel”.
Después, llegaron los más precavidos y los políticamente correctos a aguar la fiesta y recordarnos que ganó Iñárritu, no México y que no existirá una “verdadera victoria” hasta que hayamos cambiado las condiciones del país.
Por último, con el bajón de adrenalina, llegaron quienes reprueban los comentarios del director. Incluso, hubo quienes compartieron los comentarios de Donald Trump sobre la corrupción de México y su decepción de que semejante país “robara” los premios a películas patrióticas por ejemplo American Sniper, con comentarios como, “puntos menos para la imagen pública de México.” Sí, en serio. Como si los avergonzados debiésemos ser nosotros y no Trump por su tajante racismo.
Es difícil decidirse por una postura. Adjudicarse la victoria de un compatriota como propia o descartarla eligiendo fijar nuestra atención en la política. Alegrarnos por el crecimiento de la industria mexicana o lamentarnos por la situación de violencia de nuestro país. Al final, la única estrategia que apoyo es la de Iñarritu, quien en la cúspide de su triunfo, no dejó que los reflectores lo deslumbraran y no se permitió olvidar ninguna de las dos verdades
SOFÍA MARLASCA COUOH
sofia.marlascach@udlap.mx