Solo deseo una cosa: no volver a enamorarme así.”
Llevo meses tratando de arreglar mi desmadre; por desmadre me refiero a mi vida. Soy parte del cliché que funge como la amiga-doctora en “asuntos amorosos e inteligencia emocional” y cuando es momento de poner en práctica todos mis consejos, en la mayoría de mis intentos, fracaso de manera magistral. Trataré de ser completamente honesta: de la última quimera del “quiero pasar contigo el resto de mi vida” salí entre medio muerta y medio viva; excedí todas las escalas de sufrimiento permitido y solo deseo una cosa ahora que lo veo en retrospectiva: no volver a enamorarme así.
Sería sencillo decirles que mi ex fue un idiota, patán, desgraciado, insensible y cobarde mientras que yo, siempre fui una tipaza; que no supo valorarme, que “él se la pierde”, que merezco algo mejor, que la vida no me debe nada y que al contrario, me hizo un tremendo favor. Pero mentiría. Me rehúso a usar como placebo este discurso hipócrita que estoy segura les suena conocido: el de la víctima sufrida y el auto consuelo. Pienso que es mucho más difícil, pero más valiente, decirles la verdad: él no fue nada de eso, yo también me equivoqué y mucho.
Si no quiero volver a enamorarme como lo hice de él, no es porque lo considere el hombre más indigno sobre la faz de la tierra, sino porque perdí el límite que nos separaba. Cuando todo terminó no supe donde encontrarme, de pronto, desaparecí cuando él ya no estaba. Se volvió mi mundo, mis razones, deposité en él todas mis expectativas y le exigí que hiciera de mí la principal de sus responsabilidades. Perdí el piso y la cabeza, y de ser todo risas, entré en una espiral de pánico, dependencia, y fui lo que bauticé como una novia “psicópata intensa”.
No necesito decirles que todo acabó muy mal y me arrepiento. Pero aprendí, agradezco lo que me dejó (como el gusto adquirido por la banda) y hoy sé que conozco más de mí; que la próxima vez no me voy a perder en el otro y que lo mejor de nosotros viene siempre después de curarnos. Lo que ayer parecía el fin, hoy es solo la anécdota de otro corazón roto.
FERNANDA SORIA C.
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