Año #5: me siento igual de perdida. Mi último otoño en la Universidad me obligó a hacer un recuento de mi vida, a plantearme –esta vez en serio y después de innumerables intentos fallidos– qué quiero hacer con ella y en quién se supone que debo convertirme. En 2011 (cuando entré), podría haber jurado que para estas fechas me encontraría dominando el mundo y al parecer mi concepto de “dominio” hoy se limita al control mal logrado de mi incertidumbre hacia el futuro.
Como si decidir un tema para mi tesis no fuera suficientemente apocalíptico en mi vida, este semestre me hizo reconocer una cosa: entre todo el mar de caras nuevas, entusiastas y felices ubicadas en la playita y conocidas por el resto como “los de primero”, vi a compañeros de mi hermano chiquito que recuerdo en pañales; me dolió la espalda y me encontré tres canas. Sí, estoy envejeciendo.
Este semestre sentí que todo y todos habían cambiado, claro, menos yo; de verdad me dio miedo pensar que sigo siendo igual que cuando boté mi uniforme, las clases de química y las ceremonias de honores a la bandera: incapaz de crecer, igual de pendeja. Sin embargo, no soy ni un centésimo de lo que fui cuando pisé por primera vez la Universidad.
Ubicada como la más ñoña de mis amigas, siempre creí que de alguna forma mi existencia les era necesaria y me tomó cuatro años entender que la que siempre las ha necesitado soy yo. Todos mis “malviajes” sobre de qué hacer mi tesis y, después de graduarme, cuántos hijos tener y dónde querer que me entierren al morir, desaparecieron al ver en mi clase caras conocidas. Personas que son mi hogar, que han sido lo mejor que este viaje me ha dejado y que siempre están ahí para recordarme que no estoy sola en esto: mis amigas.
Mi consejo para ustedes que empiezan, van a la mitad o están terminando su historia por los pasillos de la UDLAP es que lo disfruten. No se inflen con egos, no se casen con futuros inexistentes, no pasen por encima de nadie, ni juzguen sin conocer las circunstancias, no se deshumanicen por una licenciatura, por un puesto ni por lo que están por aprender. Nunca serán una calificación, una carrera o un título, son personas. No se olviden de eso: esfuércense, triunfen, estudien, supérense, pero también creen historias y caminen acompañados. Así, si se pierden y entran en pánico, tendrán a quien los tome de la mano y los traiga de regreso. Porque aun hoy, no conozco diploma suficientemente poderoso que haga eso.
Sugiero cambiar el verbo, ya hay un «ubicadas en la playita». También se puede cambiar el primer «ubicadas»:
entusiastas y felices -halladas, encontradas-.
O de plano, quitar «ubicadas»: entusiastas y felices en la playiya
Fernanda Soria Cruz
