Una mujer encerrada en la cárcel de hombres. Todos los días, mientras camina por los pasillos, los demás reclusos la insultan, le avientan bolsas llenas de orina y comida putrefacta. Cuidarse las espaldas es su modus vivendi, porque en cualquier momento puede ser violentada física o sexualmente. Luego de un año, sus amigos no la visitan y su familia hace mucho que dejó de verla como una hija.
Ser parte de la comunidad lésbica, gay, bisexual o transexual (LGBTTTIQ) y estar en prisión no es sencillo. De acuerdo con el cuaderno men- sual del Órgano Administrativo Desconcentrado de Centros de Readaptación Social hay una so- brepoblación de 52 mil 242 reclusos. Casi tres cuartas partes de esa cifra están concentradas en el Distrito Federal y Estado de México.
El número de personas que asumen su per- tenencia a grupos LGBT en prisiones del Distrito Federal va de los 500 a 550 reclusos, de acuerdo con Daniela Esmeralda Vázquez, vicepresidenta de la asociación civil Almas Cautivas.
La asociación, consolidada en 2013, busca proteger los derechos de la comunidad LGBT en prisión. Vázquez explica que su asistencia se basa en apoyar con insumos de higiene personal y realizar defensoría relacionada con derechos humanos para la minoría LGBT en la cárcel.
No sólo los reclusos atacan a la población LGBT. En 2014, relata Vázquez, transexuales en el Reclusorio Norte fueron agredidas por los custo- dios, al final, tuvieron heridas en el cráneo y en los implantes mamarios. El reclusorio no facilitó la atención, pero el caso, gestionado por Almas Cautivas, llegó al subsecretario del sistema peni- tenciario: la presión fue suficiente para que a las
reclusas se les otorgara atención médica.
En México aún no existe una iniciativa que propicie el que los transexuales puedan decidir en dónde cumplir su condena, si en la cárcel de hombres o la de mujeres. En 2014 hubo una nueva reforma que facilita los trámites para la adecuación de sexo. Sin embargo, hasta la fecha, no existe una opinión de las autoridades para saber a qué reclusorios deben ir.
“La población trans vive una situación parecida a la de las mujeres en la cárcel. Al principio son visitadas por sus parejas, pero con el tiempo, se da un abandono”, expresa Vázquez. Las personas parte de la comunidad LGBT muchas veces son rechazadas por sus familias, así que, con el tiempo, dejan de tener contacto con el exterior.
“Yo lo resumiría en una sola palabra: abandono. Abandono social, abandono institucional y de las organizaciones, de familiares y de amista- des”, enfatiza Vázquez, quien también pertenece a la comunidad transexual.
Por la falta de atención psicológica y de servicios médicos -los cuales incluyen el tratamiento hormonal a la que una persona transexual se somete-, dice Vázquez, ser parte del grupo LGBT y estar en la cárcel es como una doble prisión. La identidad se revierte y el cuerpo está dos veces encerrado.
Almas Cautivas enfoca su labor en proveer de talleres para las autoridades y da insumos para los reclusos. Su página de Facebook permite que la sociedad civil se acerque a apoyar mediante la especie. La asociación está en proceso de con- vertirse en donataria autorizada.
“Perder la libertad no significa perder la dignidad”, finaliza Vázquez, segura de que su labor es la correcta.
Jennifer Mc Namara
jennifer.mcnamarags@udlap.mx