Eran las diez de la mañana. La biblioteca deparaba 24 horas de una crónica tuitera en semana de parciales. Lado Alterno haría un bibliocamping durante todo un día. El tercer piso recibía a los asistentes con una ensordecedora sinfonía de susurros intelectuales, rezos y cotilleo cizañoso. Un jueves de biblioteca por la mañana.
El día pasó lento. Desde el mezzanine se podía observar perfectamente el tercer piso: paredes azul profundo, perfecto para relajarse, tranquilizarse y entregarse por completo al sueño; manadas de estudiantes devorando libros, preparándose para unos parciales invernales; personas dormidas cual Bella Durmiente en los sillones, despreocupados; muchos usuarios de Netflix.
Inhalaciones profundas llevaban a mi cerebro dos olores: estrés y procrastinación.
Por una parte, el estrés. Los grupos de estudio se daban apoyo moral, jalando a los más débiles y buscando consejo en los más hábiles de su materia. Del otro lado, los individuos con suficiente fuerza para sobrevivir a las horas de estudio solos, o que fueron abandonados por su jauría, se encorvaban sobre sus libretas y explotaban sus tímpanos con audífonos y música variada.
Segundo olor: la procrastinación. Individuos despreocupados, descansando del olor anterior, o haciendo pausas en su proceso de estudio. Gente camuflándose en los cafés y en los sillones del tercer piso. Otros simplemente disfrutaban de sus computadoras, calentando sus piernas para el próximo parcial
A las cuatro de la tarde, la luz del sol opacaba la luz de los innecesarios focos de la biblioteca, ¿cuánta luz se gasta con veinticuatro horas de bombillas encedidas?
Anocheció y la biblioteca se transformó. Sólo permanecían en el bibliocamping aquellos lo suficientemente fuertes para ello, o quienes estuvieran muy desesperados por salvar la materia. El sonido de las películas comenzaba a superar los susurros de los grupos de estudio sobrevivientes. Vendedoras clandestinas de brownies aprovechan el hambre inconmensurable de los estudiantes.
Pasa el tiempo. Ya casi no hay personas estudiando. Unos cuantos veían series, otros seguían cuchicheando (la mayoría sobre el odio que profesaban a sus profesores). La gente restante daba miedo: antifaces de ojeras y ojos rojos, mirando fijamente libros atemorizados.
El sillón comienza hacer ojitos pispiretos; seduce. Tomo mi edredón, me tapo, y me dejo querer por el sueño.
Salió el sol. Cielo “azul pared de biblioteca”. Las bolsas y botellas de las cenas improvisadas seguían regadas por todo el tercer piso. Irónicamente, el desayuno estaba prohibido, porque “la zona de comer es arriba”. Pamplinas. Las personas miraban envidiosas mi edredón. Los ronquidos cacofónicos fungían de gallos por
la mañana. Después de 24 horas, la biblioteca, a la que los alumnos acuden siendo inconscientes de su entorno, se había convertido en el hogar de los distraídos y la cárcel de los reprobados.
ERIC HAUVERY CETINA KARSTEN, JOSÉ ALEJANDRO REYES MAYO, JENNIFER MC NAMARA GUTIÉRREZ, SOFÍA MARLASCA CUOUH
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