Lo mejor para el espectador es que lo peor de la obra es lo menos importante. Con sólo dos intervenciones, el joven cuerpo de baile –coreografíado por Jesús Mario Lozano, Jefe del Departamento de Artes– no demostró el nivel o dominio en escena que debieran tener los estudiantes de dicha carrera.
Estas dos coreografías sólo distrajeron al público, por momentos, de las olas intermitentes de emoción de la obra. La historia del viaje en altamar del profesor Kant y su esposa comenzó con la débil, casi inentendible voz de la capitana y su tripulación dando las órdenes para zarpar. “¡Norte, oeste, noroeste!”, repetía la tripulación a capricho del profesor cual papagayos. Del inicio de la obra se rescata la cómica, pero entrecortada mancuerna entre Kant y su papagayo, Federico (Ricardo Alcántara).
Después, en el segundo acto, el encuentro de la señora Kant con tres millonarias le imprimió un respiro de risas a la obra. No obstante, las risas se escuchaban como oleaje a la orilla del mar. Entraban y salían, así como las actrices de sus personajes auspiciadas por perceptibles incomodidades con el vestuario. Y, al igual que los papagayos de la tripulación, las millonarias repetían en- tre si sus líneas. Cabe destacar una fuerte personalidad en escena, Claudia Quijas, quien –a pesar de no haber dado su mejor función– enganchaba al espectador con su característica comicidad.
Para el espectador asiduo a las obras de Teatro UDLAP, las otras dos millonarias y el papagayo no ofrecieron una interpretación dis- tinta a la que se presenció en Sueño de una noche de verano. Y entre los personajes femeninos de esta nueva puesta en escena sólo hubo imitación de movimientos y proyección de voz.
Tras el último fundido a negro comienza una velada en cubierta para celebrar la llegada a América del navío. Hasta este momento, la actuación de Ricardo Sierra parece adecuada al personaje, pero conforme se acerca el nal de la obra y, a pesar de que así lo dictan sus líneas, el personaje no ha tenido gran cambio en su interpretación; ni en la actitud, ni en la voz.
Así, al nal de la obra, el espectador se retira en silencio como Kant lucha mudo contra los brazos de los enfermeros; como la señora Kant mira entre silenciosas lágrimas, desde el barco como se hunde su esposo en locura.
MITZI MARTÍNEZ S.
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