¿Qué son las fronteras? Son divisiones que el hombre –desde el inicio de su historia– ha trazado para delimitar a sus sociedades, distinguir a los poderosos de los débiles y separar a los privilegiados de los precarios. Las fronteras son líneas que se impusieron en un mundo que nació libre, en un mundo sin “racionalidad”. Sin embargo, éstas no se quedaron únicamente en la esfera territorial; existen fronteras que son peores, fronteras que han dañado a la humanidad desde siempre, que nacen a partir de ideales sin sustento y que generan una especie de sensación de superioridad de un ser humano sobre otro: el etnocentrismo.
Sí, esas divisiones que se impregnaron –y lo siguen haciendo– en la mente de millones, provocando guerras, pero específicamente ¿cómo se manifiestan estas fronteras intrahumanas? A través del uso de términos como: raza, inferioridad, jerarquías, roles, castas (hasta la palabra subhumanos fue utilizada en alguna ocasión). Todo porque a algunos personajes les brinca la idea de la superioridad: ¿les suenan los nombres de Adolfo Hitler, Mao Zedong, Donald Trump o de la secta Ku Klux Klan?
Estas fronteras se presentan, por ejemplo, haciendo menos a la mujer frente al hombre, discriminando a los negros de los blancos, colocando a una religión sobre otra, señalando a los homosexuales, a los de algún país desarrollado frente a los provenientes de naciones subdesarrolladas (¿ya ven?), a los ricos de los pobres, etcétera. Al final, todo se resume en discriminación.
A la humanidad le ha costado mucho dar pasos hacia adelante respecto al tema. Hemos tenido la necesidad de clasificar todo, incluso a nosotros mismos, para justificar la dominación de unos sobre otros, cuando en realidad pareciera que no es bastante complicado ir al génesis de todo este debate inútil que se ha creado: todos somos seres humanos.
Perdónenme, pero antes de tener una nacionalidad, una religión, una cultura en especial, una situación socioeconómica, preferencias sexuales, gustos y estilos de vida que nos definen como individuos “únicos e irrepetibles” (en este mundo, ahogado de divisiones despectivas y absurdas), tenemos un corazón, ojos, piel, sangre y (se supone) también cerebro. Todos los seres humanos tenemos un origen común (nacemos humanos) y un final (morimos humanos).
¿A quién se le ocurrió un día pensar que unos tienen un rol inferior que otros en la sociedad? Es importante hacer a un lado estas ideas retrógradas y fomentar la idea única del ser humano como igual frente a los demás a pesar de sus diferencias. Esto ya ni siquiera es un debate sobre la tolerancia, sino un ejercicio de aceptación, porque lo más triste de todo esto es que la especie que domina al mundo no ha sido capaz de reconocerse a sí misma.
Los colores serán muchos, las ideas cambiarán de persona a persona, las creencias igual y eso es precioso. Respetemos y disfrutemos eso. No somos diferentes, somos diversos y eso es imperfectamente perfecto.
Por: Raymundo Ricárdez García