Y a mí, ¿qué?

Foto

–“Yo no soy feminista”–, me dijo hace unos meses una compañera de la Universidad, una de esas personas con las que, para bien o para mal, nos tropezamos en la vida y nos otorgan cinco minutos de una perspectiva completamente inesperada. Me enorgullezco enormemente de no haber explotado en ese instante, al menos no del todo. En cambio, con incredulidad, me las arreglé para preguntarle si no le importaban sus derechos o el ser tratada como igual por el sexo opuesto. La susodicha se limitó a encogerse de hombros, como si el tema no tuviese nada que ver con ella y respondió: –“estoy agradecida por lo que han hecho, me da gusto no tener que quedarme en mi casa cocinando y poder votar, pero nada más no creo en el feminismo”–.

Salí de esa conversación corriendo, tanto porque llegaba tarde a mi clase, como para evitar que mi escasa paciencia se acabara. Lo que me dejó esa conversación fue un pésimo sabor de boca y un puñado de dudas sobre el futuro de nuestra generación.

No es la primera vez que me encuentro en una situación así. Cuando te preocupas y hablas constantemente sobre problemas sociales, es inevitable que la gente cuestione tus razones. ¿Por qué peleas por causas que no tienen nada que ver contigo? ¿Por qué te enojas con comentarios que no te ofenden personalmente? ¿Por qué te lo tomas a pecho? Los peores, en mi opinión, son aquellos que creen que no queda nada por qué pelear, que ven el estado del mundo en el que vivimos y lo consideran normal o adecuado. Esos son los peores, los ciegos voluntarios a la discriminación, la violencia y la opresión.

Cuando se trata de generaciones anteriores a la nuestra, puedo entender su razonamiento. Para la generación de nuestras abuelas (que aún se regía por reglas como esta joya que apareció en Facebook hace unas semanas), poder votar era un gran logro. Para nuestras madres, que crecieron viendo eso, una mujer trabajadora e independiente la victoria de años de pelea de su generación. Una batalla ganada no significa el final de la guerra.

Para las generaciones anteriores, que poco a poco lucharon para llegar hasta donde estamos, aquello que nosotros pedimos —trato equitativo, salario justo, que no se nos trate como objetos— son lujos comparados con aquello por lo que ellas pelearon, no porque sean menos, sino por que representan un paso más allá de adónde se plantearon llegar. ¿Quiere decir eso que deberíamos dejar de luchar por aquellas metas? No.

La historia ha sido formada por aquellos que no se conforman. No bastó la abolición de la esclavitud para detener la lucha de los afroamericanos, que después debieron luchar contra la segregación, el racismo y la violencia. Hoy en día su lucha sigue. Por un lado, se legaliza el matrimonio no heterosexual en Estados Unidos, y por el otro se pasan leyes que permiten a negocios negarse a contratar a gente si su forma de vida va en contra de sus creencias religiosas.

Me niego a creer en la apatía de nuestra generación, en que seremos tan ciegos como para conformarnos con lo que las luchas anteriores a la nuestra han conseguido, viviendo como sanguijuelas de sus logros en lugar de sembrar nuestros propios frutos. Tenemos mucho que dar, mucho que hacer, en lugar de encogernos de hombros y mirar hacia otro lado.

Gente como Donald Trump declara en tono burlón que los intentos de esta generación por ser “políticamente correctos” están arruinando la libertad de expresión. Es decir, que no le gusta que la gente se ofenda cuando los insulta y hace de menos. Eso debería ser suficiente argumento para seguir la lucha con más fuerza que nunca.

Sofía Marlasca Couoh
sofia.marlascach@udlap.mx