El padre del porno

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París, Francia 1891: el Moulin Rouge desborda sus entradas y ventanas de goce, júbilo y baile. Las cabareteras más hermosas despliegan sus encantos y nos hipnotizan a todos con sus faldas cortas y ligueros rojos; en especial a un hombre, al hombre que inmortalizaría la figura femenina. En un rincón, en una pequeña mesa redonda con no más de un metro y medio de estatura, se encontraba nuestro súper héroe artístico: Henri de Toulouse-Lautrec. Aquel par de ojos que miraban fijo cada curva, cada relieve, cada par de pestañas negras y gigantes y cada derrière voluptuoso, (perdonen mi francés); ese hombrecillo que miraba, que las retrataba, pero sabía que nunca las podría tener.

Nuestro héroe se encuentra en el florecimiento del Postimpresionismo. Ya no tiene que vivir bajo las limitaciones del viejo Impresionismo; ahora tenemos emoción, y qué mejor lugar para emociones que París de noche, ¿no?

Una prostituta subiendo sus medias de seda, un acaudalado caballero pagando por una bebida o una bailarina acomodando su tutú resultan mucho más interesantes para plasmar en papel que un viejo paisaje, obviamente. Henri, entonces, dibujaría lo que presenciaba en aquellas noches de cabaret, todas esas escenas cotidianas, ordinarias, sin relevancia aparente; pero enormemente excitantes.

Como miembro de la nobleza no había nada que Henri no pudiera comprar, pero existía un problema, ¿qué musa, qué mujer despampanante iba a notar a un súper héroe debilucho de 1,52 de estatura? Si no podía tener el amor sincero y devoción pura de una mujer, la amaría aún más en carbón y papel.

Para tener un mejor entendimiento de nuestro pequeño hombre, mi lector, te aconsejo que en este momento “googlees” a Henri y escanees sus cuadros. ¿Bastante explícitos para la época, no crees? Pero su obra va más allá; rediseña al típico desnudo en la pintura, le da una perspectiva mucho más natural, mucho más real, y ciertamente encuentra amor en encuadres que a primera vista parecen no tenerlo. Mucha piel, mucho contacto; y sin embargo Henri nos enseña un lado estilizado y artístico de la sexualidad humana. Qué chic era el porno en aquella época.

Mujeres por aquí, mujeres por allá, la pelirroja de la blusa blanca, la pasajera de la cabina, este hombre sí que sabía de gustos exquisitos. Pero lector, si me hiciste caso y buscaste sus obras estarás pensando: “Cálmate Valeria, la mayoría no están tan pícaras.” Tienes toda la razón. Sus cuadros también retratan a tremendas señoronas de largos y recatados vestidos y sombreros emplumados. Sus cuadros también encuentran sensualidad en peinados muy bien hechos, en broches de diamantes o en pipas y guantes.

Como todo buen genio, Henri tenía que sufrir algo de demencia. Nada de esta vida nocturna podía dejar de estar acompañada de un buen trago, y de trago en trago cayó en el alcoholismo. Combinado con Sífilis, Henri terminó constantemente en la calle sin tener pista de cómo regresar a su casa. Mas existe un Dios del arte y éste cuidó a Henri en sus años en sanatorios mentales, donde dibujó un sinfín de pinturas sobre el circo. Pinturas que, en mi opinión, son las mejores: coloridas, minimalistas, estéticas hasta más no poder y que, sin embargo, reflejaban su deterioro.

A su manera, Henri fue uno de los mayores halagadores de la mujer, de su cuerpo y de su mente. Nos convirtió a todas en musas y por eso debemos estar agradecidas. Tomó la realidad de nuestros cuerpos y los convirtió en una de las mayores artes que este mundo ha contemplado. Si me ves en los concurridos pasillos de la UDLAP y crees que nuestro héroe aportó mejores cosas de las que yo mencioné, tomémonos un café para discutirlo.

Valeria Santos Vinay
valeria.santosvy@udlap.mx
@ValeriaSVinay