El Moe está casi vacío. La última vez que vine, estaba a desbordar. Mi primo, Alex, y yo, entramos y ocupamos dos lugares en una de las filas de enmedio. “Casi no hay nadie, primo”, me dice. Yo le explico que en esta universidad, el único deporte que llena cada uno de sus partidos es el fútbol americano.
No puedo oler nada. Ambos equipos hacen un último entrenamiento en lo que el reloj marca el inicio del partido. Tiros de tres, pases y otras estrategias intrascendentes realizan tanto las Aztecas, de blanco, y las Borregas, de azul. “¿A cuál le vamos?” me pregunta Alex. “A las de blanco” le aclaro. “Las de azul, hasta ahora, parece que juegan mejor” afirma. Después de una risa, apostamos un chocolate.
Se acerca el inicio. Las jugadoras de ambos bandos caminan junto con sus entrenadores a escuchar las últimas indicaciones. Las del Tec se echan porras y se animan. Las Aztecas juntan sus puños y gritan: “uno, dos, tres, Aztecas”, desganadas, al alcance solamente de los que estamos lo suficientemente cerca para escuchar.
Vuela el balón y las Borregas se hacen de la rugosa esfera. En su primer intento a la ofensiva y tras una falta de la número seis azteca, el Tec consigue sus primeros dos puntos. Mi primo me voltea a ver con una sonrisa pícara y se ríe. En la siguiente jugada, las de blanco emparejan las cosas.
Después de unos segundos un tanto lentos, sin puntos para ningún equipo, las Aztecas se ponen con velocidad arriba en el marcador. Después de que ambos equipos anotaran varios tiros desde fuera del área, mi primo me pregunta qué significa. Le explico, como el experto que no soy en el deporte, que los puntos desde fuera del área valen tres puntos.
Al purísimo estilo de Paganini, de Rachmaninov, el ritmo del rebotar del balón y el rechinar de los tenis de las jugadoras se mueve al tiempo marcado por lo que podría ser una batuta en una rapsodia que va de menos a más en un segundo. Punto tras punto, las Aztecas terminaron el primer cuarto con una ventaja de 25 sobre 19.
Víctima de la biología cruel y del desayuno, tengo que salir del gimnasio para ir al baño. Cuando regreso, el marcador está con el Tec arriba y mi primo riéndose en mi cara. Rápidamente, las Aztecas empatan y se ponen a la delantera.
En una jugada, el reloj de disparo se encarga de que las Borregas no puedan anotar. Ante la duda, le explico a Alex que cada equipo tiene 24 segundos para anotar y que si no lo hace durante ese tiempo, el balón pasa al otro equipo.
El segundo cuarto es lento, con pocos puntos. Poco antes del final, las de azul aprietan y se ponen a un muy buen tiro de alcanzar a las Aztecas. A 45 segundos de terminar el periodo, las azules lo logran y dejan la cosa en 35-35. En el último reloj de disparo, las Borregas chocan cabezas por hacer un último punto: tres intentos debajo de la canasta local y la bola se negó a entrar.
Cuando el pitido marca el final de la primera mitad del partido, en empate, ambos bandos se reagrupan en sus bancas. Las de blanco se van por un lado, mientras que las de azul se mantienen donde están.
El medio tiempo se vuelve tan aburrido como la clase de un maestro que va a leer diapositivas. No hay Azteca, no hay pom poms, no hay niños jugando e intentando encestar el balón. Sólo hay dos personas barriendo la cancha; unos cuantos en la grada, encerrados en su celular; y un niño de diez años junto a mí, mirando fijamente el reloj con esa creencia infantil de que la mirada hace que avance más rápido.
Poco antes de terminar el periodo de descanso, las Aztecas regresan y ambos equipos vuelven a hacer los ejercicios que realizaban antes de empezar el partido.
El tercer cuarto da inicio. “¡Verdes!” grita la banca de las Aztecas pero lo canta el Moe. “El sonido retumba en mis oídos”, dice mi primo, continuando con sus coloridos comentarios y haciendo referencia a la pésima acústica del gimnasio. “¡Defense!”, retumba de nuevo.
Frente a una grada casi vacía, que —a excepción de dos señores en la primera fila del otro lado del gimnasio— se mantiene inmutada, callada, las Aztecas comienzan a perder el ritmo, corren menos y la batuta marca un tiempo lento. Aunque no para todas, porque, después de un reñido 41-41, las del Tec despuntan hasta el 46-41 y el 47-43.
“Es una pérdida total”, comenta Alexín cuando el partido se marca 52-45, aunque a quienes aposté logran recuperar y quedar a dos puntos, no les sirve de mucho. “¡Verdes!” grito y las pocas personas junto a mí me ven raro. “Yo no vengo contigo, primo”.
56-50 se mantiene el marcador después de que una de las jugadoras del Tec lanzara el balón antes del final y errara un tiro casi perfecto desde el cuarto de cancha antes de que el ruido anunciara el final del cuarto.
El cuarto cuarto, como diría el niño de Los Increíbles, «sí que fue otra onda». Después de unos minutos de juego flojo, la batuta recupera su ruso ritmo de Rachmaninov junto con el chillido de los tenis en la duela, el rebotar de los balones (hasta el silbato del árbitro) y los apasionados gritos de la banca Azteca.
“Se me hace un poquito, bueno, muy difícil que hagan nueve puntos en 4 minutos con 38 segundos”, dice mi primo, nervioso. Yo me río y continúo viendo el partido, casi olvidándome de que estoy ahí como reportero y no como espectador.
La número 14 de las Aztecas cae al suelo después de una tacleada por la espalda que incluso en otro deporte hubiera sido ilegal. Hasta la grada dormida se levantó para mandar saludos a la casa del árbitro. Dos puntos por la falta. 63 a 62 siguen abajo las de blanco. “Verdes”, grita la grada. “Verdes”, grita la banca. “Verdes”, susurra mi primo.
La 14 se ganó mi corazón dejando el suyo en la cancha (cásate conmigo). Se echó el equipo encima y más de una vez la echaron a ella al suelo. 63-62 está el marcador a 52 segundos del final. “¡Mi chocolate está en juego!”, reclama el escuincle a mi derecha.
Otra maravilla de mi heroína. A 18 segundos de terminar el cuarto cuarto, el marcador indica 65-65. Un bailoteo de pies, de aquí a allá, y el número 14 se alcanza a leer en medio de todas las azules. El balón sale y después de un segundo que se sintió eterno, el balón cae del lado que no era. Suena el claxón del lugar y terminan los cuatro cuartos oficiales: se irían a tiempos extra.
Estos no le hacen justicia al juego. Las Aztecas despuntan rápido y a los diez minutos las de blanco celebraban una victoria abultada de 82 puntos sobre 72.
Terminamos caminando por la Universidad, los dos comiendo un chocolate mientras yo hago un intento de explicarle a un joven aficionado al Ping Pong lo poco que sé de básquet, sin poder responderle aún por qué casi nadie fue a ver un juego que, sin problemas, me hizo sudar más que cualquier partido de los Aztecas de americano. O de básquet.
Eric Hauvery Cetina Karsten
eric.cetinakn@udlap.mx