«No puedes pasar por la UDLAP sin haber probado los chilaquiles». Es una de las tantas frases características de la vida universitaria aquí, y es cierto. Quince pesos por media docena de chilaquiles con guarnición es una oferta que para la comunidad universitaria no se puede dejar pasar. Con quince pesos se constituye este agradable desayuno, lo que me lleva al punto “¿cuál es la alimentación o en su caso, dieta universitaria?”
De entrada, sabemos que no es, ni de cerca, la más sana. Tal vez te pasó (o no) que cuando fuiste a hacer las compras por primera vez al súper, solo y lejos de tu casa, te entusiasmaste pensando en esta libertad de escoger lo que quisieras, esto obviamente incluye toda esa chatarra que apenas y te permitían comer en tu rancho. Nada de sopa de verduras cuando hay Cheetos y cerveza.
Aquellas cosas básicas para sobrevivir y toda la chuchería del mundo. Pero, oh sorpresa. Como muchos aspectos de la vida universitaria y sobre todo, la foránea, te das cuenta que lo que parecía en un principio un goce sin fin, ahora te ha enfermado o simplemente estás harto.
Nadie se preocupa de que te alimentes bien y comas a tus horas. Nadie te regaña porque no te acabaste la comida. Tienes toda la libertad, pero no precisamente significa algo siempre bueno. Puedes recurrir a comprar comida hecha, dependiendo de tu presupuesto; esta es una práctica bastante común. Si no te gusta el menú del día o no encuentras alguna fondita, están la pizza, los burritos, la Maruchan. Todo eso que a tu mamá o abuelita le daría un infarto si ven cómo te lo comes.
Podemos alegar que no hay tiempo. Esta es la razón o excusa (dependiendo de la circunstancia) para no cocinar. Ni siquiera al venir llegaste equipado. Olvidaste que la comida no aparecería mágicamente o ni un sartén te dejaste empacar; o eres más minimalista: tenedor, plato, vaso, cuchara y ya.
Quizá, al contrario, sí viniste prevenido y sabes cocinar de todo. En ese caso, eres más afortunado que todos los universitarios que sobreviven de comida precocida, precalentada, instantánea, etcétera. Aunque domines el arte de la cocina, no sabe igual que el sazón de tu casa. Y es que hay que admitirlo: mientras vivamos fuera, nada será como la comida de mamá.
Liliana Sánchez Villanueva
liliana.sanchezva@udlap.mx
