La rosa marchita

Segundo lugar

Querido,

Estoy consciente de que faltan unos cuantos días para tu partida, de ir a perseguir tus sueños y de por fin encontrarte contigo mismo, pero no puedo mirarte a los ojos y decirte todo eso que me he guardado por tanto tiempo, y son demasiados los recuerdos que consumen mi mente día y noche, que el revivirlos en tu ausencia será la presencia del dolor mismo.

Ya sé que prometí no pedirte que te quedaras, y no tengo intención de romper esa promesa, pero te mentiría si te dijera que cuando te vayas, una parte de mí no se irá contigo a donde sea que sea tu destino, que no viviré con el constante miedo de olvidar el sonido de tu voz, el tacto de tus manos, del verte reír, del conformarme del saber que estabas presente.

Pero a pesar de todo te pido perdón; perdóname por no haberte dicho que me enamoré de ti al instante en el que entendiste ese fragmento de mi ser que nadie había podido antes; perdóname porque respiras sin saber las veces que me he ahogado en lágrimas por no verte, y que caminas felizmente sin saber mi temor de alguna vez perderte; perdóname porque no pude arriesgarme y decirte que lo que me daba miedo era tu opinión, que cuando te dije que no podía expresar mis sentimientos, realmente me refería a mi falta de agallas de ir a confesarte todo eso que sentía por ti; perdóname porque tengo un cuerpo sano y completo y no pude utilizarlo porque el corazón lo domina todo, pero más que nada perdóname por las cartas que nunca te llegaron, cartas que estaban tan mojadas por mis sollozos que no eran dignas de ser entregadas, porque simplemente al pensar en ti se me hacía un nudo en la garganta, una sensación que jamás me terminaré de explicar.

Y aunque esta carta se unirá con las demás, era algo que tenía que sacar; y tenía que sacarlo porque, ya no vale la pena conservar una rosa que yo misma marchité. De todas formas, me despido; y me despido sabiendo que con el tiempo te veré más distante del que yo quisiera, mas al tenerte cerca, cometeré el mismo error del no atreverme y, por consiguiente, perderte una y otra vez, hasta que la melancolía sea insensible y mis latidos por ti culminen. Porque, si te soy sincera, en estos momentos ya no sé si eres mi sueño más anhelado, o el error del que más me he enamorado.

Atentamente,

una vieja amiga.

 

Autor anónimo