El silencio en esa habitación gritaba. No, desgarraba los oídos. La tensión en el ambiente era palpable y nadie parecía capaz de mover tan siquiera un músculo. Si alguien echara una mirada, no se le habría ocurrido jamás que las mentes más brillantes de nuestra generación se encontraban ahí metidas, que escondían sus miradas detrás de sus cafés fríos mientras pretendían que pensaban en una respuesta. Ciertamente, la ignorancia es felicidad, y aquel descubrimiento los tenía aterrados. Los cinco se encontraban mirando las mismas imágenes, una y otra, y otra vez, como si esperaran que de tanto verlas fueran a cambiar. Pero los números no mentían: el universo se estaba quedando sin estrellas, y ninguno de ellos tenía idea de por qué. No era que hubieran explotado, ninguna de ellas se había convertido en supernova o en un agujero negro, tampoco era que nuestros telescopios estuvieran teniendo problemas para detectarlas, simplemente ya no estaban y no había ni una sola pista de a dónde habían ido. Además, desaparecían a un ritmo feroz. Con ello, nos enfrentábamos a la posibilidad de que nuestro propio Sol desapareciera también, y pronto.
Finalmente, algún intrépido decidió llenar el silencio con una idea que había comenzado a gestarse en sus entrañas: “Tenemos que ir a investigar”. Sin mucha idea de qué esperar y con todas las de perder, los cinco se embarcaron en un viaje al otro lado del cosmos, un roadtrip espacial de la muerte. Era su única opción, a fin de cuentas, no había nada que sus numeritos y sus matemáticas pudieran hacer ante ese panorama tan inesperado. Supieron que habían llegado al lugar indicado porque la zona brillaba por su falta de iluminación. Era un desierto de gas, polvo y poco más. Los rodeaba una oscuridad profunda y penetrante; parecía incluso que los miraba de vuelta, que los seducía, que les susurraba al oído que los aguardaba con la inevitable certeza de su muerte.
Llevaban consigo una buena cantidad de equipo e instrumentos, pero nada parecía poder hacerle frente al inmenso vacío donde estaban sumergidos. Agotaron sus opciones pronto. Se encontraban desesperanzados y sin la más mínima idea de qué hacer. Seguían sin comprender qué pasaba. Desde la Tierra, les informaron que las estrellas se seguían extinguiendo y parecía que el ritmo al que desaparecían aumentaba mientras más tiempo pasaban ahí. Dado que muchos de nuestros satélites funcionaban con energía solar, eventualmente las comunicaciones se perdieron también. Solos y sin la más mínima pista de cómo resolver el acertijo, empezaron a pensar que la nada les hablaba.
La oscuridad seguía ahí, expectante. A veces sentían que había algo observando sus movimientos, una presencia extraña e indescriptible que los atormentaba hasta en sueños. Inicialmente, creyeron que era un brote de histeria colectiva ocasionada por la desolación, la falta de vitamina D y la incertidumbre. Pero cada que se juntaban a pensar en una solución, sabían que había alguien escuchando. Toda la atmósfera cambiaba cuando parecían estar cerca de una respuesta: las luces dentro de la nave se atenuaban, la temperatura bajaba y el poco polvo estelar que podía verse se movía de una forma peculiar, casi como si intentara decirles algo. Sin embargo, era un lenguaje tan ininteligible que no podían descifrarlo; parecía que no estaba destinado a ser escuchado por ningún humano.
Los días pasaban y las cosas estaban cada vez menos claras, las preguntas se incrementaban de manera exponencial y ninguno de los cinco sabía qué hacer. Durante el tiempo que llevaban ahí, nadie se atrevió a contestar a ninguna señal del cosmos, pues no podían comprenderlas, pero ya no tenían más que perder, seguramente todos en la Tierra ya estaban muertos de cualquier forma. Horrorizados, se sentaron frente a una de las ventanillas de la nave y le regresaron la mirada a la oscuridad. Gritaron sus preguntas al universo con desesperación. En respuesta, el universo despertó. De pronto, las estrellas regresaron. Cambiaron de posición hasta formar lo que parecía ser una mueca, el universo se burlaba de su tragedia. Aquella escena solo duró por un parpadeo, fue un último suspiro de vida antes de que ellos desaparecieran también.
Larissa Monserrat Romero Sánchez
Reportera de Lado Alterno