Me cuesta nombrar lo que siento, un nudo en la garganta que ahoga el lamento.
El enojo se esconde tras un profundo silencio.
Solo la música logra calmar mi tormenta, esa que me frecuenta.
Aún hay heridas abiertas, cicatrices que duelen inciertas.
Maquillo mi rostro con una sonrisa, una máscara que oculta el dolor, porque cuando la quito, la gente pregunta qué me pasa, y que yo… no sé contestar y mucho menos enfrentar. El vacío se instala en mi pecho, pero por fuera, siempre verán mi felicidad.
Soy más sensible de lo que creen, un libro complicado de leer.
Aunque mi corazón en mil pedazos roto esté, por tu bienestar siempre velaré, por tu sonrisa, por tu luz. Mi pasado es un libro que prefiero no abrir, un capítulo doloroso que quiero dejar ir.
Las palabras, a veces, son cuchillos afilados que hieren más que cualquier golpe. Cuando doy un consejo, hablo desde la experiencia, desde mis propias heridas sanadas y las que aún no lo están. Lucho por la paz interior, por aceptarme, por quererme. Me preocupo más por los demás que por mí misma, una carga que a veces me abruma.
Reprimo mis emociones hasta que estallan, una erupción volcánica que se puede pasar de la raya. Me siento culpable, aunque la culpa no sea mía. El descanso es un lujo que no me puedo permitir, pues el insomnio es mi compañero fiel que no me deja diferir. Y la soledad, esa compañera invisible, me acompaña incluso en medio de la multitud donde se vuelve visible…
Este poema no es solo mío, es para todos aquellos que se reconocen en estas palabras, para aquellos que llevan una máscara de felicidad, para los que luchan en silencio. Para todos nosotros, que, a pesar de todo, seguimos adelante en un mundo incomprendido.
Alison Rincón Lozada
Reportera de Lado alterno
Alison Rincón LozadaReportera de Lado alternoalison.rinconla@udlap.mx