Autora: Ximena Tapia Morales
—¡Oigan, espérenme!
Con un quejido por parte de la madera y un trote que disminuye por parte de los caballos, la carreta se detiene. Giras la cabeza para ver a un hombre que corre para alcanzar el viejo carro; el recién llegado va vestido de traje, algo anticuado, pero ciertamente bien cuidado, carga un maletín en una mano y una bolsa de tienda departamental en la otra, y con una agilidad que no aparenta sube a la carreta y se sienta al lado tuyo.
El desconocido da las buenas noches a los otros que los acompañan, agradece al conductor por la espera y sin más comienzan a moverse otra vez. El paso de los caballos hace eco en el camino de piedra y barro, y no pasa mucho tiempo antes de que la noche se llene con el murmullo de conversaciones y cuchicheos entre los viajeros.
Tú no buscas nada de eso. Mantienes la vista en el horizonte que se desvanece a lo lejos, esperando contra toda esperanza que el respeto capte la indirecta y te deje en paz. Ya bastante te ha costado convencerte de venir, y no quieres ni necesitas la compañía de alguien más.
—Y usted, ¿a dónde va?
Volteas a ver al hombre con una ceja arqueada. Destino sólo hay uno cuando se va por este camino, y aún más en estas fechas.
—Pues a dónde vamos todos aquí.
El otro se acomoda las solapas del traje.
—Sólo haciendo un poco de conversación. Soy Carlos. — Asientes e ignoras la mano extendida, esperando que tu falta de respuesta haga entender que has dado la interacción por terminada. No funciona, pues antes de que puedas volver a concentrarte en cómo los árboles empiezan a tomar más forma, el otro continúa, —Yo voy al centro, bueno, hago varias paradas, pero todas por el centro.
Te mira fijamente, esperando una respuesta. Resoplando, pues está claro que el tal Carlos está empeñado en tener esta conversación, admites entre dientes, —Yo también voy al centro. Parte de ti, alentada por la manera tan sincera en la que el otro te mira, añade, —No suelo ir mucho pero…pasan los años, ¿no? Y uno extraña.
Eso último sale como un secreto que debió haberse quedado encerrado en el pecho, dónde lleva viviendo todos estos años. Sientes la sangre subir a tus mejillas, avergonzados, pero Carlos sólo sonríe, poniendo la mano que dejaste colgada sobre tu hombro.
—Y bien que uno extraña. Cuando llegué aquí estaba tan feliz, todo está tan bonito y hubo tanta gente que no había visto en mucho tiempo que me recibió con tanto gusto…
—Y los huesos ya no duelen.
Carlos se ríe. —¡Ya no duelen! —Toma una pausa, extendiendo los brazos y las piernas lo
más que puede, y tienes que admitir, al menos a tus adentros, que su entusiasmo es contagioso. Carlos suspira, sentándose bien nuevamente. —Pero a los que dejé… pues ya lo ha dicho usted, uno extraña.
—Y el camino para verlos otra vez es bien complicado, —dices, señalando a su alrededor. La
piedra y el barro lentamente se han ido llenando de pétalos naranjas, una ciudad comienza a
definirse mejor a la distancia y ustedes, bueno, cada vez menos.
—Ay, el camino. —Carlos lo observa contigo un momento, antes de atraparte nuevamente
con la mirada. —Pero ya verá que bien vale la pena, don Fer.
El sonido de tu nombre te hace dar un respingo y te giras por completo para, por vez primera,
ver bien al hombre de pelo blanco que se ha sentado a tu lado. Así, no te toma mucho tiempo
darte cuenta de que lo conoces, que lo viste antes de este viaje y este tiempo. Hay un
reconocimiento que va más allá del parentesco que todos comparten en este estado.
Suspiras, cansado. Ahí queda el esfuerzo de no encontrarte a nadie que, hace más de una
vida, pudiera recordarte. —Vamos pa’l mismo lado, verdá.
La voz de Carlos es suave, pero firme, —Sí. Lo ví a usted muy solo y pensé que no es noche
pa’ estar solo, en ningún lado.
Esta vez, cuando la carreta se detiene y te extiende una mano, la tomas sin chistar. Caminas a su lado, escuchando anécdotas de las niñas, pues allá es su primera parada, y en ocasiones animándote a contar unas pocas de las tuyas.
El lugar al que llegan es encantador, aunque desconocido. Ya todas las hijas de Jorge se han ido de casa, y cada una hace su altar dónde puede y cómo puede. El de la mayor es precioso, iluminado suavemente en tonos de dorado y naranja, la luz de las velas reflejando las sonrisas congeladas en las fotografías que reposan sobre el mantel. Hay pan, fruta y tequila, para ambos, dulces para Carlos, y mole de olla para ti. La muchacha se encuentra sentada frente a la ofrenda, contando sus propias historias.
—Y si lo viera usted, don Fer, —dice, y quizás es tu nombre salido de esa boca, de la que en vida escuchaste sus primeros balbuceos y nada más, lo que más te sorprende de esta noche.
—Que mi apa creció re bien, yo creo que debiese estar usted muy orgulloso. —Lo estás.
—Ahí me saluda al Carlitos, que ha de venir con usted.
Te giras a ver a Carlos, que sigue llenando su bolsa de pan y dulces. Una vez que termina, te mira y seguro que hay algo en tu expresión que te delata. —Ya le había dicho yo, don Fer, que vale la pena tomar el camino. Vamos, que todavía hay paradas que hacer.
Sobre la autora: Ximena Tapia Morales
Mi nombre es Ximena, soy del estado de México, tengo 23 años y actualmente estudio el quinto semestre de Comunicación y Producción de Medios. Soy muy fan de ser fan: me gusta meterme de lleno a los libros que leo, las películas y series que veo. Me gusta analizar y desmenuzar las historias que se encuentran siempre a nuestro alrededor, y me gusta crear las mías. Me gusta armar escenarios en mi cabeza, crear personajes y tramas enteras que luego pongo en papel, ya sea en cuento, ensayo o guion.