Autora: Isabella Morales Gómez
¿Acaso es posible asfixiarse en el olor del cempasúchil? Y si sí, ¿cuántas toneladas de esa flor amorfa y redonda con hojas vibrantes y ostentosas se necesitaban?, ¿una?, ¿siete?, ¿veinte? ¿En qué espacio se pretende morir de amargura?, ¿una hacienda?, ¿un bote?, ¿una iglesia? Al parecer en este caso solo se necesitaron dos bultos grandes y una pequeña capilla matrimonial, construida con pedazos de pirámide.
María de la Cueva no era una seguidora de las tradiciones indígenas, al menos no cuando la costa este de México la conoció, —bajando de su barco, deslumbrando a los peces y simples mortales, siempre con la mirada al frente, ajena a su sirvienta cargando con cinco maletas llenas de vestidos y telas de seda—pero ahora eso era todo lo que tenía, todo lo que la acercaba a su amiga.
En la mesa de madera larga del centro de la capilla hay un mantel blanco, bordado por María y su mamá, en el mismo se pueden ver tres bandejas de plata, simples y con bordes con relieve: la del centro es ovalada y delgada, con tres piezas de pan floreado encima. La segunda, puesta hacia la izquierda, es redonda y honda; dentro de esta hay una mezcla frutal digna de un banquete, con rodajas de naranja y cuadros de plátano acompañados de la exótica piña, jícama y guayaba. Y por último, la bandeja más pequeña y cuadrada de las tres, colocada por María primero al llegar al recinto, pero decorada última por falta de coraje previo de su parte.
María está parada en la entrada de la capilla, tratando de enfocar con sus ojos y la poca luz de las velas la razón por la cual hizo todo esto. Su mirada se fija en los tres caminos de flores que llevan hacia las bandejas, pero su mente divaga en cómo seguir respirando sin tener que respirar y oler el incienso, o la piña, ni mucho menos el vino de mezcal que se asienta en la jarra de sus manos. La memoria de Jun la perseguía siempre, no la dejaba dormir y cuando lo hacía no despertaba con tal de seguir viéndola, pero todo este ritual, todos sus cinco sentidos
despiertos la hacen extrañarla; recordar es una cosa, es parecido a cuando no ves una cara conocida por un tiempo y aun así sigue pasando por tu mente al ver a alguien parecida, pero extrañar era aceptar que el recuerdo es todo lo que queda, extrañar era sinónimo de anhelar y antónimo de exiliar—de la mente y del cuerpo.
¿Por qué me estoy haciendo esto? ¿Por qué entre los 1600 años tuve que existir aquí?
María sabía que si Jun estuviera aquí este intento de ofrenda se vería como una real, una de las que existían antes del descubrimiento de Nueva España, al fin y al cabo ella era la que traía esa sangre colorida en sus venas, las expresiones extrañas en su lenguaje y el olor a ciudad rodeada de agua, todas esas características eran parte de su encanto, parte de la razón por la cual ella merecía una ofrenda, una muchísimo más grande y con flores menos marchitas, una digna del peso que su vida tuvo en la de los demás, en la de María.
Y aún así el 30 de octubre, con la fecha ya encima y su marido en casa, decidió honrar los vastos recuerdos de Jun, antes de que se volvieran pocos, antes de que los remplazara con memorias de su futuro bebé, antes de que se casara de verdad con la vida y el marido que los santos le obsequiaron; una última noche solo ellas dos, una última cena, una última declaración de amor, antes de guardarlo junto con todo en el baúl y subirlo a un barco con destino a las Indias.
María sintió una gota en su pie que la sacó de sus pensamientos, se da cuenta de que empezó a ladear la jarra, así que en un arranque de querer limpiarse el zapato antes de que se arruinara para siempre por fin avanza hacia la mesa y coloca suave y perfectamente la jarra en la bandeja, su vanidad le impide darse cuenta de que acaba de terminar el ritual necesario para volver a sentirme y verme.
Pude haber ido a la ofrenda de mi madre, pude haber ido a la ofrenda comunal de todas las personas que fallecieron este año, pude no haber venido y quedarme del otro lado, pero no iba a desaprovechar esta oportunidad.
María me percibe, al menos eso creo cuando puedo notar como deja su pañuelo a un lado y se empieza a levantar del piso. Se trata de arreglar, le quita el polvo inexistente a su vestido blanco, con olanes debajo de la cintura y flores amarillas bordadas en la falda y mangas, ese es uno nuevo, que seguramente se lo compró su nueva familia política. Su cabello está rizado y un poco esponjado, amarrado en una media coleta que deja caer uno que otro mechón que intenta quitarse de la vista para poder encontrarme.
Se puede ver en la sacudida de su cabeza que arranca la semilla de esperanza de que la ofrenda funcione, puede que la quiera mucho y me impresione su conocimiento del mundo, pero cuando se trata de creer en cosas, su mente se vuelve pequeña y adueñada por su religión. Ni estando muerta decide tener el beneficio de la duda de que, a lo mejor yo también estoy en lo correcto.
Y aún así me acerco, aún así bebo todo el vino de mezcal como el que tomamos esa noche, aún así me paro al lado de ella y le toco el hombro, ahí es cuando colapsa. Ahí es cuando se desploma en sus rodillas y empieza a sollozar, cuando sabe que estoy aquí, pero no lo puede aceptar. No para de balbucear perdón cuando se acuerda que la razón por la cual no estoy aquí es el hombre que la espera en casa, con exigencias y sin cariños.
El día de muertos siempre fue una tradición que me conectaba a mi muerte y me preparaba para lo inminente; pero nunca pensé que mi primera ofrenda fuera en una capilla donde prometí no alejarme de la chica que la adornó. María empieza a respirar mejor, llevo unos cinco minutos hincada al lado, abrazándola desde atrás, pero me tengo que ir, ya no hay más aquí para mí: comí mi fruta, bebí mi vino y disfruté mi pan. Regresé por mi corazón, calmé sus lamentos y me lo llevo partido a la mitad.
Sobre la autora: Isabella Morales Gómez
El 30 de septiembre de 2007 en Puebla mis papás me nombraron Isabella, pero en 2019
nació Moralisa. Crecí los últimos seis años con estas dos personalidades opuestas y
complementarias; a Isa le gusta dormir, ver muchas series de TV y pasar horas con sus
amigos, a Moralisa le encanta hacer todas esas cosas, pero su vida se ve consumida por
leer, escribir, conocer más y de soñar despierta. Cuando llegó la hora de escoger una
licenciatura, Isabella ganó y entró a Relaciones Internacionales, y Moralisa aceptó, porque
se dio cuenta de que podía escribir sobre cosas nuevas y desconocidas.