Zyan Simón Valera López
Artes Visuales
La luz consume la oscuridad,
el fuego devora aquello que lo alimenta.
Nada permanece intacto después de haber existido.
Morir nunca fue más que una transición,
una manera de dejar de ser sin terminar de desaparecer,
la lenta erosión de aquello que creíamos permanente.
Mi hogar de la infancia todavía existe.
Las paredes permanecen pero ya no sostienen las mismas voces,
las habitaciones conservan sus nombres,
aunque hace tiempo dejaron de significar lo mismo.
El lugar continúa allí, indiferente a la irreversibilidad del tiempo,
mientras yo me convierto en el vestigio de quien alguna vez lo habitó.
Recuerdo haber pertenecido a aquella casa como pertenecen las raíces a la tierra,
sin preguntarme cuánto de mí quedaría enterrado cuando me marchara,
ni cuántas cosas tendrían que desaparecer…
Hay muertes que ocurren mucho antes de que un cuerpo deje de vivir:
cuando una voz pierde su claridad, cuando un rostro comienza a desvanecerse
y su nombre permanece, aunque ya no consigamos encontrar todo lo que contenía.
Ya no sé si tu voz era grave o si el tiempo la ha vuelto más dulce,
si tus manos eran cálidas o si mi memoria necesita que todavía lo sean.
¿Cuántas veces he reconstruido tu rostro sin advertir que lo cambiaba,
cuántas reminiscencias he confundido con certezas por miedo a perderte?
He intentado conservarte y, en el intento, también te he transformado.
Dentro de un año, quizá todavía pueda encontrarte en la exactitud de una tarde;
dentro de cinco, tal vez tu nombre llegue antes que tu rostro
y tenga que buscar entre las fotografías alguna prueba de que exististe.
Dentro de diez, quizá solamente quede una sensación, una familiaridad sin origen.
Pienso en mi abuelo, en la certeza de haberlo conocido,
de haber compartido con él un tiempo que entonces no necesitaba recordar.
No necesito reconstruir cada uno de sus gestos para saber que existió,
aunque a veces me duela no poder recuperar todo lo que alguna vez supe de él.
Quizá un día su rostro sea menos preciso que su nombre,
y su nombre, apenas el vestigio de una presencia que alguna vez fue cotidiana.
Como el eco de una puerta cerrándose en una casa que ya no sabría encontrar.
Hay cosas que olvidamos porque nunca pensamos que tendríamos que
conservarlas.
Nadie memoriza cada respiración mientras abraza a quien ama,
nadie contempla su infancia como si estuviera mirando sus últimas ruinas.
Vivimos sin advertir que cada instante lleva consigo la posibilidad de convertirse
en algo irrepetible, y que su desaparición comienza mucho antes de que termine.
A veces pienso en aquella casa.
No puedo regresar aunque encuentre la misma puerta y las ventanas sigan en su
sitio.
Yo ya no soy quien vivió allí, y aquel lugar tampoco:
entre ambos permanece la distancia irreversible de lo que hemos dejado de ser.
Eso es la muerte: no solamente una puerta que se cierra,
sino todo aquello que continúa existiendo después de que nos marchamos,
los lugares que sobreviven a nuestra ausencia
y las personas que, poco a poco, dejan de encontrarnos en sus recuerdos.
Algún día, alguien intentará recordarme.
Quizá encuentre mi rostro en una fotografía, mi voz en una memoria,
o una costumbre cuyo origen habrá olvidado.
Quizá solamente quede la impresión de que algo estuvo allí,
de que, durante un tiempo, el mundo fue distinto por mi existencia.
Y cuando ya nadie pueda pronunciar mi nombre,
cuando desaparezca el último recuerdo capaz de devolverme una forma,
¿habré dejado de existir o solamente habrá terminado
la última manera de encontrarme?
No lo sé.
Pero hubo una casa y hubo una infancia,
hubo personas a quienes amé sin saber que algún día tendría que recordarlas.
Y aunque los rostros se desdibujen y las voces pierdan su sonido,
nada de eso deja de haber ocurrido.
La muerte puede llevarse los nombres, las formas y la memoria,
puede convertirnos en extraños para quienes alguna vez nos conocieron,
pero no puede convertir en inexistente aquello que ya fue.
Así que dejo que la casa cambie, que las fotografías envejezcan,
que las voces se vuelvan lejanas y los recuerdos pierdan sus contornos.
Dejo que aquello que no puedo conservar encuentre otra manera de permanecer,
aunque esa permanencia no se parezca a la presencia que alguna vez conocí.
Porque eso es lo único que la muerte deja atrás.