El arcoíris es el nuevo Punk

El color forma parte de nuestras vidas desde el momento en el que nacemos y abrimos los ojos por primera vez, es una de las principales formas en que experimentamos el mundo y también de cómo expresamos lo que nos gusta, de donde venimos o inclusive como pensamos.

 El color no solamente es estética, también es emoción, historia, diversidad, y por sobre todas estas cosas es identidad. Esta en el azul en las clases altas de la edad media, que representaba el estatus y riqueza al ser tan caro de obtener; también en el amarillo del cempasúchil, la flor que predomina en el día de muertos desde sus orígenes prehispánicos y que representaba el camino entre vida y muerte de las ánimas; está en el rojo de las pinturas corporales de las tribus apaches que los identificaban como comunidad, en el morado de las marchas feministas, en las miles de tonalidades de piel que existen en el mundo, en los miles de paisajes de cada continente, en las banderas de cada nación.

 El color es y está presente en todas partes dentro de la historia humana. Ha sido una forma de comunicar sin palabras, de diferenciar, de pertenecer; entonces…

 ¿En qué momento lo colorido se ha vuelto disruptivo?

Esta es una cuestión que ha rondado mi mente desde hace tiempo, y es algo que puede observarse en muchos lugares: espacios públicos, parques, restaurantes, tiendas, redes sociales. Da la impresión de que hoy en día todas las personas se hubieran puesto de acuerdo para vestirse de la misma forma.

La mayoría de los estilos que se observan, especialmente en las generaciones más jóvenes (Gen Z y Young Millennials), están tan cuidados que, al mismo tiempo, resultan casi estandarizados, como un producto que ha sido fabricado basándose en un mismo molde una y otra vez.

 Es como si la etapa de los uniformes escolares hubiera regresado, solo que esta vez no responde a un reglamento institucional, sino a una decisión hasta cierto punto «consciente» de las personas.

Y eso es precisamente lo que más impacta: una generación que creció rodeada de ideales relacionados a la libertad de expresión y sobre todo el valorar la individualidad por sobre el colectivo parece estar haciendo, en cierto modo, lo contrario, al menos en lo que respecta a la vestimenta.

Hoy todo parece homogeneizado: las prendas, las marcas, las combinaciones y, sobre todo, los colores.

Es como si la luz hubiera abandonado la escena y en su lugar predominaran los tonos neutros y oscuros: beige, marrón, gris, blanco y, especialmente, el negro. 

Lo curioso de esto, es que este predominio del color negro en las vestimentas y accesorios dentro de la moda actual recuerda a cierta subcultura que tenía a este color como uno de los elementos principales en su identidad: el punk.

Pero ¿En qué consistía el punk?

Durante los años setenta, el concepto «punk» surgió entre la juventud para describir una ideología nueva y compleja, pues la premisa principal que brindaba esta subcultura era la rebeldía, la contradicción a los ideales que dominaban las sociedades en esa época, premiando la irreverencia por sobre lo considerado «normal». De esta manera, lo punk se podía ver reflejado en varios elementos de la identidad de las personas: desde los peinados y maquillajes excéntricos, las ropas de cuero, las paletas de colores oscuros, los accesorios de tachuelas, las preferencias musicales y hasta los ideales políticos que se defendían; al final todos estos elementos compartían una razón de ser: la resistencia a la normatividad impuesta a las masas. Por lo que este movimiento conformaba en sí una protesta contra lo socialmente aceptable, contra el sistema mismo, al mostrar simple y sencillamente que no todos encajaban ni querían encajar con los ideales impuestos por la sociedad. Y el color negro tenía un papel muy importante dentro de esta contracultura, porque en ese entonces era el color incomodo, el que estaba directamente relacionado a temas tabú como la muerte, el luto, y en si lo desconocido.

Y al momento de adoptarlo como un representante de su esencia, los punks y otras culturas disruptivas (como emos y góticos) buscaban llamar la atención de una manera rara.

La atención comúnmente es algo que todas las personas, en algún momento de su vida, ansían o disfrutan recibir, ya sea en forma de reconocimiento o aceptación social. Sin embargo, el motivo por el que los punks salían a las calles pintados de negro era distinto, pues no buscaban encajar sino desentonar; destacar de una manera que rompiera con lo convencional, atraer miradas incluso aunque fueran de rechazo, no importaba. 

Era su manera de llamar la atención desde lo disruptivo, alterando la armonía visual dominante para hacerse visibles bajo sus propios términos.

No obstante, en la actualidad, el negro ha pasado de ser el color de la protesta al color de lo socialmente aceptable, asociado directamente a lo formal y como parte esencial del modelo aspiracional que muchos jóvenes persiguen.

 Ha dejado de tener un significado disruptivo y esto ha sucedido debido a la presencia de las redes sociales, cuyos algoritmos lo popularizaron como tal, siendo un ejemplo directo los microtrends como el dark academia, el clean look o inclusive el old money; que se centraron en promover el color como performativo y afiliado a ideales conservadores, cuando en sus inicios no solía relacionarse a estos significados.

En este sentido, el color de la rebeldía se volvió la norma, incomodar dejó de importar en su uso, y entonces la representación del punk también tuvo que evolucionar.

Hoy en día ser punk es apropiarse de gustos considerados por lo mainstream como «infantiles» o poco maduro: el glitter, lo colorido, lo extravagante, lo ruidoso, los patrones y formas raras, las malas combinaciones, el exceso de accesorios, los personajes de caricatura, y sobre todo lo colorido.

En un mundo donde se ha normalizado el cinismo ante lo que llame demasiado la atención y saturado la paleta de oscuridad, adoptar el color como parte de tu expresión no implica sólo una forma de resistencia, sino también el regresar a las raíces de nuestras comunidades e historia. Porque, al fin y al cabo, que puede ser más auténtico que vestirse con aquello que queremos que nos represente incluso cuando no encaja con lo que la mayoría considera aceptable.

Lo que antes era contracultural mutó hacia la «defensa radical del fucsia», como muestra el caso de «Laura Spoya» una influencer peruana que fue criticada en un evento por el simple hecho de haber utilizado prendas de un color tan brillante como el fucsia, que fue juzgada por haber desentonado con el grupo, por haber arruinado la armonía beige y negra que todas parecían querer para su aesthetic minimalista. 

La creencia de que los colores en la vestimenta implican una falta de sofisticación se ha arraigado tanto en la moda que salir de esta neutralidad visual se siente como un ataque directo, como si destacar fuera un error que debemos corregir y no una posibilidad que tenemos para expresarnos. 

Ojo no digo que usar los colores oscuros sea malo, sino la idea de los algoritmos y la tendencia actual de que usarlos te hace menos en muchos sentidos, menos profesional, menos capaz, menos, menos, menos, menos. Cuando al final fueron estos coloridos los que nos ayudaron a construir nuestras culturas e identidades, cuando al final existieron antes incluso de que lo hiciera nuestra especie, que dominaron el mundo antes de que los catalogáramos como excesivos.

 Es por esto que te invito a no renunciar al color, a usar ese suéter o top vibrante que tienes, a regresar a los tonos hermosos que la naturaleza y nuestra historia nos han traído. Incluso si no te gusta el color y consideras tener preferencia a las tonalidades más neutras, no juzgues a aquellos que encuentran en los colores una forma de expresarse.

Porque si el punk alguna vez vistió de negro para romper las reglas, hoy el arcoíris puede romperlas a todo color

Loana López Vásquez

Editora de redacción

loana.lopezvz@udlap.mx