Cargando saco ajeno – Segunda entrega

—Oye, Carlos —me decía, poniéndome la mano en el hombro como si fuera a darme un consejo de vida—, ¿por qué no les cuentas a mis amigos por qué prefieres andar dibujando monitos en vez de jugar al fútbol como Dios manda?

Y ahí me tenían, plantado frente a esa bola de borrachos, aguantando la misma humillación de siempre. Mi papá no se cansaba de recordarle a todos que yo, su primogénito, no tenía ni un gramo de interés en el fútbol, y peor aún, que no sabía ni quién chingados era “El Mortero” Aravena, cosa que para él era casi un pecado mortal.

El peor de los compadres, el más necio y siempre más borracho, se paraba y me echaba la clásica: —No te preocupes, Carlos, seguro eres más de ballet, ¿verdad? —Y todos soltaban la risa, como si fuera el chiste del año.

Pero lo más cagado de todo era que mi papá, entre risas y bromas, nunca se daba cuenta de lo lejos que me empujaba de él. Él seguía soñando con que yo me convirtiera en algo que nunca quise ser.

Con el tiempo crecí, y seguía siendo el «afeminado» que prefería una carrera decente a vivir de talacha, esperando a que un día se me hiciera el milagrito de un jale de albañil. Otro desmadre que marcó mi vida y mi relación con mi jefe fue cuando le pedí que si podía cambiarme a una escuela privada. “¿Instituto St. Jude? ¿Y esos de qué pinche pueblo vienen o qué?” Me acuerdo perfecto de su cara. Y la neta, tenía razón: el nombre era una mamonería de aquellas. Lo chistoso es que la escuela, que según esto era privada y bilingüe, estaba a solo tres calles de la casa. Claro, las tres calles llenas de baches y lodo, cortesía del presidente municipal que no se dignaba a arreglarlas, a pesar de que las señoras del barrio ya le habían armado una manifestación para que se pusiera a hacer su chamba. Ni las reparó ni dio la cara cuando fueron a reclamarle.

El chiste es que mi papá veía como un capricho que yo quisiera dejar el “tres veces benemérito” Colegio Niños Héroes. Y eso de «benemérito» era puro cuento, igual que lo de prestigioso. Siempre sacaba esos adjetivos para justificar el infierno que era esa pinche escuela. Total, la plática se fue calentando y acabó en una bronca entre mi jefa y mi jefe. Ya sabes, primero la discusión, luego la cena, y en la cena, finalmente me soltaron que sí, que iba a ir al tal “St. Jude”. Mi jefa, por supuesto, lo llamó “San Judas”, traducción perfectamente correcta.

Pasé la secundaria y la prepa ahí. Al final, era lo mismo que la pública, pero más caro. Y como cada vez que llegaba el momento de pagar la colegiatura, mi jefe me soltaba sus dulces palabras: «Otra lana pa’l San Judas Tadeo». Fue en esa época cuando conocí a mi novia, ahora esposa, Magnolia. Ella venía de familia bien, y la habían mandado al San Judas como castigo de sus papás. La gran diferencia entre ella y yo, además de la lana, era que su calle sí estaba pavimentada.

Tenía ese acento poblano cantadito, como de novela, con su cabello güero, ojos verdes, sonrisa perfecta gracias a la ortodoncia, y pecas. Siempre cargaba una lonchera de los Backstreet Boys con su sándwich de atún. Su nombre completo era Magnolia Nieves Garza, y sus papás eran abogados, dueños de un despacho llamado “Abogados Nieves”.

No sé si era por la ortodoncia o por el sándwich de atún, o por ambas cosas, pero mis compañeros no se daban cuenta de que Magnolia era la más guapa del salón. O de toda la escuela, la neta.

El chiste es que cuando me animé a hablarle, me contestó. Ya eso fue una sorpresa, porque para ese entonces ya no era el niño gordito de la primaria, pero sí el moreno, lleno de granos, con miopía, y un cuerpo medio equis que la pubertad no terminó de arreglar. La cosa es que la plática fluyó más de lo esperado y, en un par de meses, ya éramos «galanes».

Después de un buen rato de andar quedando, me animé a pedirle que fuera mi novia. En mi cabeza, todo sonaba perfecto, pero en la práctica fue un desmadre. Le llevé un cartel con la frase “quieres ser mi novia”, pero de los nervios lo escribí mal, sin signo de interrogación ni nada. Mi amigo Chucho —que en realidad se llamaba José, pero todos le decían Chucho, no me preguntes por qué— fue el encargado de sostener el cartel todo chafa. También llevaba sus flores favoritas y una caja de Ferrero Rocher, según yo, iban a darle el toque romántico.

Gael Rodríguez Álvarez
Reportero de Lado Alterno
gael.rodriguezaz@udlap.mx