Al entrar, la casa era justo como me la imaginaba. El piso era de roble, y sobre él, una alfombra roja con un mosaico blanco que se veía medio paupérrima para la familia que vivía ahí. Las paredes eran blancas, con detalles dorados en las columnas y cuadros espantosos de frutas al lado de jarras de vino, esos que en algún momento seguro pensaron que eran buen gusto, pero que hoy no valían ni la mitad de lo que costaron. La sala tenía sillones color verde esmeralda, y para rematar, unas lámparas enormes de un verde menta que gritaban “el dinero no quita el mal gusto”.
Llegando al comedor, me recibió la chacha de la casa. Sarah se llamaba la señora, chaparrita, flaquita, morena y con esa cara que te hace dudar si tiene treinta y cinco o ya anda pegándole a los sesenta. Me quitó la chamarra sudada que traía, la colgó en un perchero en la sala, y me ofreció asiento en la mesa para diez personas que tenían los Nieves Garza—aunque casi siempre eran tres comiendo, la mayoría del tiempo. Luego me preguntó qué quería tomar. Todo fuera de lugar, le solté: «Una coca». La señora me vio raro, como si no supiera ni qué chingados era una coca, y con tono burlón me dijo: “Aquí solo hay agua de tamarindo o de fresa con limón”.
No me gustaba ni el tamarindo ni la fresa, pero no iba a quedar mal frente a la señora, así que, con toda la seriedad que pude reunir, le pedí un vaso de agua de fresa con limón, intentando parecer todo un hombre de 16 años dispuesto a probar nuevas experiencias. Claro, por dentro ya estaba maldiciendo mi suerte, pero pues ni modo, así es esto del amor.
Don Rufino se acomodó en la sala como todo un patrón, se sirvió un vaso de whisky—o como diría mi jefe, “chupe para maricones”, porque claro, eso es lo que toma la gente de la alta—y se puso a hojear “El alquimista”. Clarito me di cuenta que, el señor quería verse interesante, como si fuera un hombre culto y pensante, pero ahí estaba el separador en la página diez del libro, a todas luces sin haberle pasado de ahí.
mataron pensando mucho en los nombres. Ahí fue cuando la cosa se puso peor. Todos iban bien arreglados, elegantes, hasta Magnolia, que yo solo conocía con su uniforme del San Judas. Me paré en chinga y me estiré la playera que traía, una de “La venganza del príncipe char-el”, intentando disimular lo jodido que me veía. Saludé a la señora de beso, bien incómodo el momento, y luego intenté abrazar a Magnolia, pero lo hice tan torpe que parecía que nunca la hubiera abrazado en mi vida.
Nos sentamos todos a la mesa y nos sirvieron el platillo estrella: mole poblano. «En la madre«, murmuré para mí mismo. Es que me cagaba el mole, siempre me había cagado, y ahí estaba yo, fallando como buen poblano. Los papás de Magnolia, y ella también, se lanzaron al plato como si no hubiera un mañana, disfrutando cada bocado, mientras yo solo me quedé mirando la pierna de pollo nadando en ese menjurje espeso color petróleo.
Con todo el asco del mundo, agarré una tortilla de maíz y, con la mayor discreción posible, empecé a rasparle el mole al muslo del pobre pollo que, sin deberla ni temerla, terminó ahogado en esa chingadera. Con tenedor y cuchillo en mano, fui desmenuzando el pollo como si estuviera desactivando una bomba, tratando de evitar que el maldito mole tocara mi plato más de lo necesario, pero sin quedar como un pendejo frente a todos.
Ya cuando había logrado comer un par de bocados sin vomitar, don Rufino, después de servirse otro whisky, se limpió la boca con una servilleta blanca y me lanzó una de esas miradas que te hacen sentir chiquito, como si él ya supiera que yo no pertenecía ahí, pero estaba dispuesto a entretenerse un rato.
—Así que, Carlos, ¿verdad? —dijo, con esa voz grave que te cala hondo.
—Sí, señor —contesté, tratando de sonar más seguro de lo que me sentía, como si estuviera reportándome con un comandante.
—Me dijo Magnolia que vives cerquita de la escuela.
—Sí, señor, ahí a unas cuadras.
—Qué bueno, entonces supongo que llegas temprano siempre, ¿no?
—Claro, sería chistoso que no lo hiciera —le mentí con una sonrisita, cuando en realidad, casi todos los días llegaba tarde porque me quedaba dormido.
Don Rufino me echó una mirada, como si no se creyera ni tantito lo que le había dicho, pero no dijo nada. En lugar de eso, le dio otro trago a su whisky y, como quien no quiere la cosa, lanzó la bomba:
—Pues ya que eres tan puntual y todo, imagino que pronto invitarás a Magnolia a tu casa, ¿no?
Sentí cómo se me cerraba la garganta. ¿A mi casa? ¿Invitar a Magnolia? ¿A que viera dónde vivía? Mi mente empezó a correr en chinga, imaginando la cara que pondrían sus papás cuando llegaran a mi colonia, donde las calles estaban llenas de baches y los perros callejeros se paseaban como si fueran dueños de la plaza.
—Ehm, sí, claro, señor… en cuanto… en cuanto se pueda —solté, tragando saliva, mientras me imaginaba a Magnolia viendo mi casa con los azulejos medio caídos, el olor a frijoles en la cocina y mi mamá gritando porque el gas ya se había acabado otra vez.
—Eso espero —dijo don Rufino, mirándome como si me estuviera evaluando. Luego volteó a ver a Magnolia y sonrió, como si ya tuviera todo planeado—. Sería bueno conocer un poco más de dónde vienes.
Gael Rodríguez Álvarez
Reportero de Lado Alterno