Cargando saco ajeno – octava entrega

En el suelo, yacían los restos de unos Sabritones a medio morder, bañados en salsa, como si fueran el tributo de los guerreros que habían caído en la batalla del sábado. Al levantar la vista, me encontré con una escena que me dejó perplejo. Ahí estaba mi papá, rodeado de al menos veinte hombres, todos gritándole a la tele como si fuera el árbitro, riendo y lanzando frases que la mayoría eran balbuceos incomprensibles y el resto pura grosería. Era como un ritual pagano, una danza de hombres borrachos perdidos en la euforia de un Puebla vs Monarcas.

Y ahí estaba mi mamá, haciéndose la desentendida mientras atendía a esos hombres tan “finos”. La veía de reojo, tratando de mantener la calma en medio del caos, pero cada vez que alguien le pedía otra cerveza, se le notaba la frustración en el rostro. Esa era mi vida, un circo donde la normalidad era un concepto lejano y la locura se había vuelto la regla. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda mientras me preparaba para enfrentar a la manada, con Magnolia a mi lado, lista para descubrir lo que significaba realmente ser parte de mi familia.

Me fui acercando poco a poco al territorio de los “Fans de la Franja Cholula”, ese rincón sagrado donde mi papá y sus camaradas llevaban a cabo sus rituales futboleros. Con el corazón acelerado, grité: «¡Ya llegué!». El ruido, que antes era como el rugido de un estadio lleno, se cortó de golpe. Todos, absolutamente todos, giraron sus cabezas hacia mí y Magnolia, como si estuvieran presenciando un milagro de esos que solo se cuentan en leyendas. El silencio era casi palpable.

Las miradas se clavaron en nosotros, no tanto en mí, sino en Magnolia. Ahí estaban, veinte pares de ojos incrédulos, viendo cómo esta niña güerita, vestida como si estuviera lista para una cena de etiqueta, se paraba frente a ellos en medio de ese desmadre. Ninguno de esos cabrones se esperaba ver a otra mujer en esa sala, y mucho menos una que no fuera mi jefa, que ya se sabía mover como pez en el agua entre tanto borracho. Era como si un ángel hubiera caído en el infierno, y los condenados se detuvieran a observar.

Mi mamá, por su parte, fue la única que no se quedó paralizada. En cuanto nos vio, le brillaron los ojos de emoción. Se levantó como si la hubieran llamado para recibir un premio, y fue directo a saludar a Magnolia. La abrazó como si fuera la hija del presidente o la mismísima reina de Cholula. Le daba las gracias una y otra vez, como si Magnolia hubiera hecho el favor más grande del mundo solo por estar ahí, o quizás porque, para mi mamá, Magnolia no había salido corriendo en cuanto puso un pie en la casa. Le sonreía nerviosa, diciéndole cosas como «Qué gusto verte» y «Gracias por venir, mi’ja», mientras todos los demás seguían pasmados, como si les hubiera caído una revelación divina en medio de la peda.

Después de que mi mamá soltó a Magnolia, los compadres no perdieron el tiempo en acercarse, como si de repente yo hubiera hecho algo digno de reconocimiento nacional. Me rodearon, saludándome y felicitándome como si hubiera traído a la mismísima reina de Inglaterra a la casa. Las frases «¡Vas a sacar de jodidos a tus papás, Carlitos!» y «¡Ya vas a ser de la alta, cabrón!» se repetían entre abrazos y palmadas en la espalda. Me sentía como una celebridad de barrio solo por haber traído a una niña güerita, de esas que no pisan este lado de la colonia ni por error.

Mi jefe, que llevaba horas encajado en su sillón viejo, ese que ya tenía moldeada la forma de sus nalgas de tanto uso, de repente se paró. Y yo, en mi inocencia, pensé: «Ah, caray, ahora sí se va a portar decente, va a sacar su lado más fino». Pero no, lo primero que salió de su bocota fue: «¿Te gusta el fut, güerita? ¿A quién le vas?». Yo sentí como se me vino el mundo encima, la pura vergüenza. Lo único que rogaba en mi cabeza era que Magnolia dijera que no, que no le gustaba el fútbol, así podríamos salir de esa sin más pedos. Pero no, la muy ilusa, queriendo quedar bien, le soltó que sí, que claro que le gustaba.

No mames, tremendo error. Nomás escuchar eso, mi jefe no perdió tiempo y de volada la jaló pa’ dentro, como si fuera uno de sus compas de confianza. La sentó en la sala, directo frente a la tele, con el partido a todo volumen y los otros veinte cabrones gritándole a la pantalla. Y ahí me quedé yo, viendo cómo mi novia, bien vestida y toda formal, acababa atrapada entre un montón de borrachos echando porras y gritando groserías. Yo solo quería que la tierra me tragara, pero ahí estaba, bien paradito, aguantando vara.

Ya valiéndome madres la situación y aceptando mi destino, me senté junto a ella, me acomodé poniéndome el cojín de Max camote en la espalda para evitar una patada de la emoción de mi papá, y le di la mano. 

Mi papá se acercó sin levantarse del sillón y al ver que Magnolia no tenía ni pinche idea de que se trataba el llamado “Jogo Bonito”, empezó a explicarle. Mi papá, emocionado de compartir su conocimiento, empezó a explicar todo, absolutamente todo. Por la situación, era un hombre indígena enseñándole sus costumbres a la mujer blanca.

Gael Rodríguez Álvarez

Reportero de Lado Alterno

gael.rodriguezaz@udlap.mx