Cargando saco ajeno – novena entrega

Mi jefe le decía a Magnolia el nombre de todos los jugadores, su posición, lugar de nacimiento y, si hubiera podido, hasta su CURP. Con el dedo seguía el recorrido de la pelota en la pantalla, explicándole con toda la emoción del mundo la «compleja» táctica del equipo: echarse todos para atrás y, de alguna manera, seguir perdiendo. Magnolia asentía con una sonrisa nerviosa, pero era evidente que no entendía ni madres.

Yo, mientras tanto, estaba hundido en el sillón, tratando de hacerme invisible. Por mi cabeza pasaba una sola idea: “Esto es el fin”. Seguro después de esta noche, Magnolia no me iba a dirigir la palabra nunca más. La imaginaba borrando mi número, contando esta historia a sus amigas como una anécdota tragicómica y jurándose a sí misma jamás volver a salir con alguien cuyo plan romántico incluyera ver un partido con veinte cabrones borrachos. Pero eso sí, se iría de aquí sabiendo cómo gritarle pendejada y media a los jugadores, y con la certeza absoluta de que Jafet Soto era la última esperanza de La Franja.

La velada, si es que a eso se le podía llamar velada, terminó como terminan todas las noches épicas en mi casa: con un desfile de compadres tambaleándose de pedos, algunos cayéndose al intentar despedirse, otros desparramados en los sillones como si fueran tapetes humanos, con las patas colgando y roncando como si estuvieran en plena sinfonía. El aire de la sala estaba cargado del olor a cigarro, cerveza y ese toque agrio, inconfundible, del sudor seco. El suelo era un campo de batalla: botellas vacías, migajas de botana y un par de charcos pegajosos que juraban quedarse ahí hasta la siguiente Navidad. La casa, en resumen, parecía haber sobrevivido a un terremoto, o al menos a un partido del Puebla.

Magnolia y yo nos quedamos solos en el sillón, ese viejo guerrero que ya tenía las cicatrices del tiempo bien tatuadas en su tapicería. La tele seguía prendida, pero lo único que transmitían eran comerciales de colchones ortopédicos y créditos exprés con intereses de terror. Finalmente podía respirar, pero el miedo seguía ahí, haciéndome un nudo en la garganta. ¿Qué va a pensar de mí? ¿De mi familia? ¿De este desmadre? ¿Ya valí madres? Me imaginaba a Magnolia haciendo maletas mentales, huyendo de este desastre y jurándose a sí misma nunca más salir con un vato que le invite a «una experiencia cultural», que en realidad era aguantar a mi jefe dando cátedra de fútbol mientras veinte hombres lo admiraban como líder de la manada.

Pero, de repente, sentí su mano. Una mano suave, cálida, aterrizando en la mía como si nada hubiera pasado. Me volteé y ahí estaba Magnolia, pegándose a mí, abrazándome el brazo y acurrucándose como si no estuviera rodeada de un caos digno de una zona de guerra. Me miró con esa sonrisa que siempre llevaba, una mezcla de ternura y paciencia, como diciendo: “¿Esto es todo lo que tienes? Tranquilo, puedo con más.”

Yo, con la voz más bajita que el volumen de la tele, le susurré: “Gracias… por aguantar todo esto. Y por… pues, todavía quererme.” Ella soltó una risita, esa risita suya que siempre me desarmaba, y luego, con sus ojos mirándome como si no existiera nadie más en el mundo, me dijo dos palabras que me dejaron noqueado: “Te amo.”

Y ahí lo entendí. Magnolia Nieves Garza no era cualquier mujer. Ella era un milagro vestido de mezclilla y blusa sencilla. Era la única capaz de chutarse una hora y media de gritos, humo y cheve, y aun así quedarse. La única que podía soportar el festival de mentadas de madre en la sala de mi casa y luego mirarme con ternura, como si no fuera un pobre diablo lleno de caos y dudas. Magnolia me amaba, con todo y mi desmadre, y ahí, en ese instante, supe que jamás encontraría a alguien igual.

Después de un rato de estar con las cabezas juntas, disfrutando de un momento que parecía eterno, el claxon del Mercedes de don Rufino irrumpió como un trueno en pleno cielo despejado. Mi mamá, siempre lista para los avisos importantes, asomó la cabeza por la puerta de la cocina y lanzó lo evidente: “Ya llegaron por ti, güerita.”

Salimos todos, mis jefes y yo, como si estuviéramos despidiendo a una embajadora que volvía a su país después de haber sobrevivido a una experiencia antropológica en nuestras tierras. Mi papá, con las manos en los bolsillos y una sonrisa nerviosa, trataba de parecer más decente, mientras mi mamá le arreglaba el cabello a Magnolia con ternura, como si se despidiera de una hija adoptiva. Yo, por mi parte, me acerqué a darle un abrazo, nada más. Ni un beso en la mejilla, porque, la neta, el miedo a don Rufino me tenía bien neutralizado. Ese señor imponía más que una misa de domingo con las bancas llenas.

Magnolia, siempre dulce, le dio las gracias a mi papá por la cátedra de fútbol y le dijo que ojalá pronto pudieran ver otro partido del Puebla juntos. Mi papá, emocionado, se limitó a asentir con una sonrisa que solo él podía interpretar como discreta. Luego, don Rufino, sin decir una palabra, abrió la puerta del copiloto para que Magnolia subiera. Ella me regaló una última mirada y una sonrisa antes de meterse al auto.

En cuanto la puerta se cerró, don Rufino pisó el acelerador como si quisiera dejar atrás nuestra cuadra lo más rápido posible, sin importarle que el carro rebotara por cada bache y tope clandestino que decoraban nuestra calle. Yo los vi alejarse, observando cómo el Mercedes doblaba la esquina mientras el ruido de las llantas se desvanecía.

Cuando ya no quedaba ni rastro del carro, solté un suspiro tan profundo que parecía que llevaba horas guardándolo. Una sonrisa escapó de mis labios; por fin había terminado. Todo el desmadre, las risas, el fútbol, las mentadas de madre, y esa ansiedad constante de qué pensaría Magnolia de todo esto. Ahora, podía volver a mi paz mental, o al menos hasta que el siguiente partido del Puebla coincidiera con la visita del amor de mi vida.

El tiempo pasó y todo parecía estar en calma, aunque esa calma tuviera sus altibajos. Las visitas de Magnolia siguieron siendo el punto alto de mis semanas, pero las peleas con mi jefe se volvieron tan comunes como el olor a cigarro en la sala. Era el pan de cada día, y con cada discusión sentía que el puente entre nosotros se hacía más largo y frágil.

Continuará…

Gael Rodríguez Álvarez

Reportero de Lado Alterno

gael.rodriguezaz@udlap.mx