Autora: Camila Fernández Nava
En un rato de sobremesa, Don Martín gritó a su vieja: —¡El muerto al pozo y el vivo al gozo! Gorda, no comprendo el alboroto, si ya es tierra bajo piedra.
Doña Lupe se encontraba lavando la vajilla, herencia de la abuela, pues la quería reluciente para el altar de Día de Muertos. —Ay, mi Nakú, deja en paz mis tradiciones, que solo son ungüento de ilusiones. Además, es el primer Ninin desde la muerte del primo Miguel, y ya sabes cómo es la familia con estas cosas.
—Por cierto, ¿de qué murió el primo? Sé que una botella de tequila tomó protagonismo, y había escuchado de crudas matadoras, pero jamás de una mortal.
—Ayyy, Martín, si te jalan las patas los muertos esta noche, ni se te ocurra despertarme. Mi querido primo… cómo disfrutaba de una buena fiesta. ¿Recuerdas cómo en nuestra boda puso todo patas arriba?
—Querrás decir patas hundidas, porque solo recuerdo terminar en cueros con mis compadres a la orilla del mar en Costa Esmeralda. Bueno, pero termina de contar la historia, que te conozco y en tu caso el que mucho habla poco aprieta… o aprieta de más, pero no lo que debe.
—Bueno… sí, unos tragos de tequila fueron peones de la tragedia, pero el jaque sucedió cuando quiso hacer su presentación al día siguiente en el Centro de Papantla. Aún con el alcohol en sangre, y después de un buen plato de zacahuil, se subió, como cada mañana, al tubo de los voladores para dar su espectáculo. Como era terco como el loro de mi madre, no quiso faltar aquel día. Siguió su necedad y fue a dar de cabeza en la plaza principal. Los que lo vieron comentaron que fue espantoso, ¡que hasta el zacahuil se le asomaba entre las entrañas! Pobre de mi tía cuando se enteró… lloró desconsolada. Por: Don Moscon Cazanova
En ese momento, un extraño zumbido llenó la cocina. Don Martín volteó y vio una libélula revoloteando sobre el altar recién terminado. —Mira nomás, Gorda, hasta los insectos vienen a ver tu vajilla —dijo con sorna.
Pero la libélula comenzó a dar vueltas en espiral, como queriendo llamar la atención. Doña Lupe se persignó. —¡Ave María Purísima! No seas mal hablado, que ese ha de ser Miguel. Ya ves que en el Ninin los difuntos regresan convertidos en insectos o en aves.
—¿Miguel? —Martín soltó una carcajada—. Pues si es él, regresó más chiquito que su orgullo. Y mira nada más, hasta se trajo su profesión a la tumba… ahí sí que se nota la dedicación.
El insecto se posó justo en la botella de tequila que Lupe había colocado en el altar.
—¿Ya ves, incrédulo? Hasta de muerto sigue terco con el trago —dijo Don Martín, mostrando su gran dentadura… sin un diente.
En ese instante, un zopilote se dejó ver por la ventana, extendiendo las alas con solemnidad. Don Martín palideció.
—¡Ay, Papantla, tus hijos vuelan! ¿Y ese quién será?
—Pues seguro es tu compadre Toño, ya ves cómo le gustaba picar lo que no era suyo —contestó Lupe con tono burlón.
En eso, como el rayo antes del trueno, un silencio ensordecedor anunció la entrada de una orquesta de alas y patas: mariposas, cotorros, grillos, chachalacas y hasta colibríes irrumpieron en la cocina.
Don Martín abrió los ojos como platos al ver su hogar convertido en un enjambre viviente. —¡Válgame! Esto parece mercado de almas. Por: Don Moscon Cazanova
Doña Lupe, entre la angustia y el gozo de satisfacción, exclamó: —Mira nomás, Nakú, ahora sí hay fiesta de parientes lejanos. Eso pasa cuando se pone el corazón en la tradición.
Y así, entre zumbidos, aleteos, risas y el susurro de recuerdos, la cocina se llenó de vida y de muerte. Don Martín, con los ojos clavados en el altar, murmuró resignado: —Está bien, vieja, no vuelvo a rezongar nada… que viva el Ninin. Pero si mañana amanezco picado de mosquitos, le reclamaré a tu suegra, por sus difuntas chismosas.
Sobre la autora: Camila Fernández Nava
Mi nombre es Camila Fernández Nava, tengo 22 años y soy originaria de Cancún, Quintana Roo. Estudio las licenciaturas en Ingeniería Biomédica y Bioquímica Clínica, movida por mi amor a la ciencia, la tecnología y el aprendizaje constante. Me considero una niña curiosa en un cuerpo adulto, siempre asombrada por lo que me rodea. Disfruto leer, conversar con personas nuevas, hacer manualidades y contemplar la naturaleza, pues en ello encuentro inspiración, paz y nuevas perspectivas. Creo firmemente en el poder de la curiosidad y en la belleza de atreverse a soñar, como dice Mario Benedetti: “Solo imagina lo precioso que puede ser arriesgarse y que todo salga bien.”