Un hombre sufrido… desterrado de sí, de su tierra, dolido por ser, quiere esconderse, desconocido, oculto para su propio mirar. La muerte le olfatea la mugre mendiga de su andar ecuatoriano, busca refugio, vivir en paz. El odio hacia sus creencias le vuelve alguien discriminado, una víctima que victimiza, paralelamente. Hablamos de Heinrich, un hombre que es perfectamente delineado a manera tal de un verdadero humano, incapaz de describirse como bondadoso, imposibilitado para ser alguien despreciable o repudiado… un personaje redondo, entero.
Joaquín Gallegos Lara lleva a cabo un ejercicio narrativo complejo, esto no implica que haya dificultad severa en su lectura. Es precisamente la riqueza compositiva de su texto lo que le convierte en gozoso, atractivo para quienes disfrutan de redacciones que simulan notas anecdóticas con profundo significado emotivo. Poético a veces, el autor describe todos los sentimientos, todas las emociones y acciones desenvolviendo un estilo propio que no desaprueba un aplauso que reconozca la habilidad del escritor.
¿Hasta dónde podemos considerar que el fanatismo y la ignorancia son hermanas? ¿Cuál es el resultado obtenido por sufrir de dichas afecciones sin escatimar en su expresión, liberándoles en ocasiones con vil saña irracional, sin ningún fin distinto al del mero capricho? El mundo de las ideas, de las creencias y dogmas morales son elementos que, no importando la modernidad de la realidad actual, arriban esporádicamente a demostrarnos ventanas tanto escalofriantes como irritantes de los humanos: la fe, cualquiera sea su encaminamiento, puede equitativamente salvarnos y condenarnos, aparentemente.
MARCO ÁRCEGA CORONA
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