La política de los Estados Unidos es un tema de interés permanente para el resto del mundo. Gracias a su hegemonía política y económica, los resultados de las elecciones tienen un efecto global, repercutiendo virtualmente en todas las políticas internacionales. La siguiente elección presidencial, sin importar a qué lado se incline la balanza, republicana o demócrata, promete grandes cambios en el futuro.
Como sus vecinos inmediatos, los mexicanos tomamos especial interés en este proceso político, tal vez, en parte, porque es radicalmente diferente al nuestro. Ver un debate político en el que el tema más prominente no son los atributos físicos de la edecán, sino los temas de verdadero interés público, resulta refrescante. Nos permite soñar con un panorama político en el que la elección no se limite a intentar adivinar cuál de los candidatos es el “menos malo”.
Recientemente, sin embargo, el mismo espectáculo mediático que nos hemos acostumbrado a soportar, ha surgido entre los americanos. El último debate de los candidatos presidenciales republicanos, por ejemplo, parecía material salido de un reality show. Las políticas impulsadas por los candidatos, encabezados por Donald Trump, estaban enfocadas a escandalizar y entretener: llamados de guerra, insultos a aliados y fuertes comentarios racistas.
Finalmente, esta semana el debate del partido demócrata se caracterizó por políticas económicas, sociales e internacionales, beneficiales para la población. Los candidatos se mantuvieron civilizados, incluso cuando intentaban desarmar las políticas de sus adversarios, mostrando una madurez que debería ser el mínimo exigido de los adultos que compiten para ser líderes de una de las naciones más poderosas del mundo.
El contraste es claro y preocupante entre la política escandalizadora, mediática, y la que se basa en argumentos políticos. Desde fuera, queda claro cuál de los acercamientos es más razonable, cuál debería ser la elección del pueblo estadounidense. Sin embargo, somos el crudo ejemplo de que aquellos acercamientos no son siempre los que triunfan. No podemos negar el poder que tiene el espectáculo mediático en estos casos, pero podemos exigir algo mejor, podemos elegir por qué ejemplo guiarnos, cuando llegue el momento.
Por ahora, todo lo que nos queda es observar y esperar que de nuestros propios errores aprendan nuestros vecinos.
Sofía Marlasca Couoh
sofia.marlascach@udlap.mx