Cuando era niña mi mamá solía obligarme a hacer una limpieza minuciosa de mi habitación cada cierto tiempo. Este ritual consistía en dejar bien ordenado todo, hacer una revisión de las cosas que aún servían, y decidir cuáles había que tirar a la basura, o bien, darlas en donación. Hacer esto suponía una labor muy difícil para la «yo» de 8 años, no sólo por el hecho de limpiar un cuarto, sino porque desde ese entonces siempre me ha costado trabajo deshacerme de cosas, incluso cuando ya no las necesito.
Cada vez que revisaba lo que tenía, salían mil y un juguetes, que aunque ya estaban muy viejos o inservibles, yo me empeñaba en conservar porque creía que “en algún momento iba a necesitarlos” cosa que por supuesto, nunca sucedía. Además de los problemas que tenía con mi madre porque me negaba a deshacerme de las cosas viejas, estaba el hecho de que, cuando me daban algún regalo o compraba juguetes nuevos, nunca tenía espacio. Muchos lugares estaban ocupados por mis viejos cachivaches.
Fue una sorpresa difícil de digerir que a mis 22 años, aún existe algo de esa niña que no quería tirar sus juguetes viejos. El aferrarnos no sólo a cosas, sino también a personas que no necesitamos es uno de los mecanismos más dañinos que existen. Es querer estar atrapados en algo que simplemente ya no funciona y que es necesario sacar de nuestras vidas. Cuando me di cuenta de que ya no había espacio para las cosas nuevas, pude ver que, efectivamente, lo viejo sólo estorbaba para lo que acababa de llegar.
“Laura, ya tira eso” ha sido una constante en mi vida desde la infancia, me lo han dicho de muchas maneras diferentes a lo largo de los años, y el significado siempre es el mismo. El insistir en conservar algo que ya no nos sirve demuestra psicológicamente la incapacidad para dejar ir situaciones, objetos materiales o personas. Sin embargo, de vez en cuando es necesario hacer una limpieza exhaustiva de lo que ya no necesitamos.
Laura Uribe Cruz
laura.uribecz@udlap.mx