En un bello libro de poemas, Daniel Saldaña habla de los parámetros y las categorías como métodos precisos para organizar nuestra existencia. A pesar de que soy más un fanático de los parámetros, hoy hablaré de las categorías. Los días de la semana, específicamente. Todos tenemos días sencillamente indiferentes, otros que nos llenan de júbilo más que los demás y unos tantos que, simple y sencillamente, se deshacen de la poca cordura que podíamos ocultar.
Garfield sería capaz de escribir, si su apretada agenda se lo permitiera, un tratado sobre por qué los lunes son un cuchillo lento, que se entierra más en nuestro riñón cada semana. Gabriel García Márquez llamaba a los jueves (días dueños de mi amor) un día híbrido, cuyas horas podrían bien servir para hacer de los demás días algo mucho más disfrutable, apacible.
Yo, por mi parte, tengo una enemistad declarada hacia los miércoles. Cronológicamente hablando, mi horario es un desastre: comienzo a las nueve de la mañana y termino a las diez y media de la noche, con sólo dos horas libres para hacer y deshacer cualquier idea que ronde mi cabeza. Paso por una clase de cuatro horas y una clase de alemán que se roba mis once once en desear que se termine.
Mi odio hacia este día diseñado por malévolos personajes como Mantarraya o la Burbuja sucia, ha llegado a un grado casi tan patológico que mis amigos me dicen “lo siento” cuando respondo con un “miércoles” a su “¿cómo estás?”. No por nada en la primaria “miércoles” era el cómo para suavizar la precisa expresión de “mierda”.
No me abstendré de responsabilidad. No diré que no fui yo quien decidió organizar mi horario con un miércoles hasta el tope. He de admitir que preferí una hora de servicio becario –cochino servicio becario– en miércoles por sobre una más a las tres que ya tengo los martes.
Sí, he encontrado en el miércoles un día destinado al tedio. Un día que en otros semestres tomará formas de lunes o de jueves. Incluso de martes. En algún punto de mi vida se volverá no sólo miércoles sino cualquier día que adopte el término de “día hábil”. Y yo, yo seguiré sin encontrar la respuesta, culpando a mis placeres, buscando en mi procrastinación un equilibrio que no atente contra mí mismo.
Eric H. Cetina Karsten
