¿Qué se sentirá sentarte en la silla más poderosa del mundo y darte cuenta que estás completamente solo y con poco o nada de poder? Pregúntenle al demócrata Barack Obama, a quien le esperan dos años de “nada”.
Contar con un Congreso dividido ya de por sí es difícil, pero manejable; contar con un Congreso controlado por el partido de oposición, es una pesadilla; pero un Congreso, controlado en su totalidad por el partido de oposición, con una importante ala comprometida a decirle “hell no” a cualquier propuesta del Presidente, con el margen de mayoría en la Cámara Baja más amplio en los últimos 65 años, es lo que se conoce como el worst case scenario.
Analistas atribuyen la caída de los demócratas a la frustración generalizada contra un presidente que mucho prometió y poco cumplió. El candidato del “Change we can believe in” alcanzó su nivel de popularidad más bajo, con apenas 40% de apoyo. Su famoso “Hope”, en estas elecciones, se convirtió en “Nope”.
Creemos que el Presidente es todopoderoso y que el cumplimiento de sus promesas depende de él mismo. Esto es erróneo, pues el modelo de división de poderes está hecho para que Ejecutivo y Legislativo se complementen, darle a un Presidente un Congreso de oposición es una fórmula para el fracaso.
Esto bien podemos aplicarlo al caso mexicano, ¿por qué creen que de la nada hubo un alud de reformas estructurales aprobadas? Porque, nos guste o no, el escenario político de mayoría priísta lo permitió. Hay que aprender a votar congruentemente, por uno u otro partido, lo ideal es votar todo por uno mismo. Nada de que seamos hermanitas de la caridad y, tal y como invitaba aquella patética campaña del Partido Nueva Alianza, dar a cada quien “uno de tres”. Es lamentable que tengamos que poner el pragmatismo por encima del idealismo, es cierto. Pero recordemos que México tiene un sistema de partidos, y, tal vez, aprender a usarlo y a “jugar con él”, no sea lo más justo, pero sí lo más sano.
RUBÉN ALVAREZ E.