Esta es mi columna final del año, el último espacio que tengo para compartirles un poquito de mí, de lo que soy, dejé de ser, contarles de mis miedos, preguntas, “azotes”, dudas y sueños.
A mis lectores, antes que cualquier otra cosa, quiero darles las gracias por acompañarme en el viaje de este semestre y hacerlo suyo, por sostenerme en el camino, por sus aplausos, sus críticas, su tiempo, por hacerme sentir acompañada y darle sentido y voz a mis palabras. Gracias por construirme. Hoy, para despedirme, quisiera preguntarles ¿qué tanto de lo que son les pertenece?
Estamos prácticamente a nada de acabar el año, ayer era enero y mañana ya es Navidad. Si lo pensamos y nos miramos en el espejo probablemente no hayamos cambiado mucho, posiblemente estemos exactamente en el lugar en el que empezamos, ni para atrás ni para adelante y lo curioso es que ya nada es igual que al principio, ni la gente, ni nosotros.
Este año he aprendido más de mí que en toda mi vida y tal vez aún no entiendo lo que quiero pero por fin tengo claro lo que no. Experimenté momentos que jamás hubiera soñado, momentos que me hicieron más feliz de lo que creí era humanamente posible; también viví pesadillas, sufrí, lloré e hice berrinches; llegaron a mi vida personas que se convirtieron en maestros, terapeutas, amigos y hermanos, y también fui forzada a despedirme de gente a la que nunca hubiera querido ver marcharse de mi vida. Este año dudé de todo y la vida probó mi fortaleza. A ratos creía que no lo lograría, me rendí, me rompieron y dejaron en el suelo, y a pesar de todo eso me levanté y aquí estoy.
Pareciera mentira todo lo que somos capaces de atravesar sin morir. Hoy le ganamos la lucha a la vida por 336ava vez en el año y seguimos de pie, más fuertes, más humanos, menos ignorantes, más completos y sabios. Creo al final, somos el resultado de lo vivido, de las caídas, las derrotas, los triunfos, somos lo que otros dejan, lo que damos, somos la gente a la que queremos y la que nos lastima, el recuerdo de aquellos que nos hacen falta, y todo, por muy bueno o malo que haya sido, escribe nuestra historia, nos ayuda a entendernos, nos enseña a no cometer los mismos errores y a decidir la siguiente movida, el siguiente paso. No hay límites para equivocarnos y tampoco para volver a empezar, no olviden eso.
MARÍA FERNANDA SORIA C.
maria.soriacs@udlap.mx
