Cómo sobreviví al 14 de febrero

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Pido un aplauso para todos los solteros. A diferencia de las parejitas, que seguramente ni lo notaron, –más allá de los globos, flores, velas, caminos con pétalos de rosa, cenas románticas, propuestas de matrimonio y el nacimiento colectivo de nuevas relaciones– estábamos nosotros detrás de una trinchera librando una guerra contra la cursilería, la comida en forma de corazón, las muestras de cariño innecesarias en lugares públicos y el concierto de Los Claxons.

Como si eso fuera poco, cada 14 de febrero el mundo confabula en contra nuestra: el recuerdo de épocas mejores dice “presente” y el fantasma de nuestro ex nos hace ojitos y nos vemos obligados a optar por una de tres salidas posibles: odiar a muerte el magno evento de “la miel sobre hojuelas”, suspirar por los rincones dando pena o agarrar una botella y el resto ya lo saben. Yo opté por la tercera (por favor no me juzguen).

Esta fecha siempre me hace repensar mi idea sobre el amor. ¿De verdad dura para siempre?, ¿tenemos un alma gemela, en serio existe?, y ¿qué pasa si yo soy una solitaria excepción? Después de media vida de reflexión, de prueba y error, y un historial que oscila entre el “quiero estar contigo para siempre” y el “ojala que se muera” desconozco la respuesta. Ayer vivía mi pequeña fantasía; hoy… hoy mejor ni hablamos.

No odio al amor y dudo sinceramente que alguien lo haga. Tampoco odio a los hombres que me enseñaron su peor cara. La realidad es que hasta el día de hoy los considero mis mejores profesores y a mí su peor alumna. Tampoco sé si sigo enamorada o si pueda volver a estarlo de otro nombre y de otra cara.

Al amor le tengo miedo y cuando me convenzo que no existe, basta con que vea a mi mejor amiga para saber que estoy equivocada. Esta columna es para ella y para los que, sin importar cuántas veces el 14 de febrero los agarra mal parados, sin importar la infinita cantidad de veces que se han sentido solos e invisibles y sus recurrentes fracasos y su espera de alguien que nada más no llega; siguen haciendo del amor su bandera. Ella es la más valiente de todas, porque nunca ha necesitado de un amor, para saber que existe.

MARÍA FERNANDA SORIA CRUZ
maria.soriacs@udlap.mx