Es mitad de semestre y el cuerpo lo sabe. Vivo con cansancio permanente y lapsos constantes de interrogantes existenciales; un conjunto de sensaciones a las que llamo crisis de medio semestre. Crisis de media carrera. Crisis. No insinúo que todo estudiante pasa por eso, pero sí considero que al pasar por ahí y aceptarme como portadora de una crisis mental pasajera, he llegado a una posición desde donde es posible repensar mis propios procesos de razonamiento: el conflicto es el motor del cambio, como sugiere la teoría marxista. Algunas teorías de la economía y parte de la educación en los negocios, enseñan igualmente sobre la crisis y su función como detonador del cambio. Diferentes disciplinas definiendo una idea desde sus propios principios. Conocer los conceptos, los supuestos y las explicaciones académicamente reconocidas, es lo que nos permite trazar a pulso nuestras líneas de pensamiento como individuo (aunque no individuales) y sus posibles vertientes reflexivas.
El cosmos académico en el que estamos inmersos al ser estudiantes nos forma dentro de los límites de una comunidad científicamente validada. El conocimiento intelectual que adquirimos proviene de textos expresados en libros, artículos, documentales, etcétera. Todo un abanico de voces occidentales que nos enseñan lo que es bueno para pensar y cómo pensarlo. Porción de lo que John Gledhill ingeniosamente llamó “los disfraces del poder”; el conocimiento es seleccionado y sería un error absorberlo sin detenerse a reflexionar sobre su calidad de artífice.
Autores y textos vienen a mi mente al poner este asunto sobre la mesa. Sin embargo, lo interesante es justamente el proceso en que mi mente escarba en un bagaje de conocimiento para conectar y relacionar conceptos. Todos ellos los adquirí por mi formación y permanencia en esto que llamamos “lo académico”. Todos ellos traducidos de sus respectivos idiomas anglicanos y románicos. Conceptos explicativos que otros seres construyeron exaltando algunas voces y silenciando otras. Construcciones que se originaron desde ciertos posicionamientos y que, si no reconocemos como tal, nos harían caer en el error del embeleso.
ALEXIS REYES C.
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